El amor en los tiempos del ERTE

 

Sé que el título no es muy original. De hecho circulan por la red varios relatos con títulos parecidos a este, que rinden homenaje a la novela de Gabriel García Márquez. En mi caso no aspiro a tanto. Solo a dejaros un relato más, el primero que publico en este tiempo incierto que se ha adueñado de nosotros. Porque, en pocos días, nos hemos acostumbrado a palabras que antes no usábamos. Confinamiento, coronavirus, ERTE, eran términos extraños, algunos muy especializados, que han entrado de golpe en nuestras conversaciones. Y como las palabras crean realidades, juguemos con ellas para que la nuestra, esta tan extraña que nos ha tocado, se tiña de ilusiones y de posibilidades.

 

«Abro los ojos. El despertador no suena. No va a sonar. Tardo un tiempo en entenderlo. Vuelvo la cabeza y lo miro, como queriendo animarlo. Venga, va, tú puedes. Pero ya sé que no, que no lo hará. No sonará hoy, ni mañana. No sonará durante unos días, ¿cuántos? No lo sé. No lo sabe nadie. En teoría, hasta el 11 de abril. Pero antes fue hasta el 29 de marzo. Y todo el mundo cree que durará más. El confinamiento. La prohibición de salir de casa. Cierro los ojos y recuerdo cómo era antes. La sensación de ¿ya?, pero no puede ser, yo quiero dormir más. Y ese saber que no puedes, y obligarte a ti misma a levantarte, arrastrando los pies hasta el baño. El desayuno rápido, la ducha rápida; todo medido, contados los minutos para llegar siempre en punto. A pesar del tráfico, a pesar del sueño, a pesar de… a pesar de todo lo que ahora echo de menos.

Vuelvo a cerrar los ojos. ¿Y si duermo un poco más? Pero sé que no, que no voy a poder. Lo que habría dado yo antes por tener esta posibilidad. Antes… Parece que hayan pasado años y sin embargo… sin embargo no es más que el 31 de marzo. 15 días llevo yo así. 15 o 16. Si es que todos los días son iguales. No hay nada nuevo. Y antes también lo era. Todo lo mismo; pero no lo notaba. Antes… Antes de que la vida se pareciese a esas novelas que tanto le gustan a Marta y que yo no puedo soportar. Esas, con escenas apocalípticas, calles desiertas y la humanidad amenazada.

Es que, si me lo llegan a decir, si me lo llegan a decir no me lo creo. ¿Cómo me lo voy a creer? Si me parece todavía mentira. Y eso que llevamos ya varias semanas. Pero no me acostumbro, no me acostumbro a estar todo el día metida en casa. Si yo no paraba nunca aquí. No pisaba la casa y ahora… Y es que se me acaba todo en un pis pas. Es tan pequeña… Si doy dos pasos y ya me choco con la pared de enfrente. Esto no hay quien lo aguante. Con lo que me gusta a mí Madrid y la rabia que le tengo al campo, a los jardines y a los chalets, que me parecen un rollo y una incomodidad, con las escaleras, y tantos rincones para limpiar. A mí nunca me han gustado y ahora… Ahora no sé lo que daría por poder salir a comer o a cenar al fresco o porque se me manchen los zapatos con el césped húmedo. Si no saco la cabeza por la ventana no me da ni el aire. ¡Madre mía!, esto es un sindiós. Todo el día aquí. En una casa que es un cuchitril, que yo nunca he necesitado más, ¿para qué? Si estoy siempre fuera, trabajando. Estoy… estaba, que ahora…. Ahora ya no hago nada. Nada de lo que hacía. Que tampoco es que me gustase, que no he dicho yo eso, que a veces la gente es de un pesado… Y siempre con la sonrisa puesta, así como si fuese casi una careta, que el cliente lo nota, que la voz te cambia cuando sonríes. Harta estaba. Hartita, de los clientes y sus caprichos. Que lo del trato al público está muy bien, pero…. Es que hay cada público. Que yo me metí en esto casi sin pensar. Que tampoco voy a decir que sea vocacional, o sí, vete a saber. Aunque yo no iba diciendo de pequeña, quiero ser recepcionista, vamos, que ni se me ocurría. Pero ya ves, recepcionista veinte años. Porque ya cumplí los veinte años en la empresa, ¿no? Sí, claro, fue el año pasado, qué cabeza, es que hay veces que se me va, no sé. Será la edad. Pero bueno, a lo que iba. ¿A qué? No, si ahora no me acuerdo.

Miro por la ventana. ¿Y eso? No me lo creo. Ha nevado. Nieve a finales de marzo. Así hace tanto frío, que al levantarme he pensado que era cosa mía, pero ya veo que no, y me froto el brazo derecho con la mano izquierda, para darme calor. Aunque mejor pongo la calefacción, que me va a hacer más efecto.

Desayuno frente al televisor, viendo pasar ante mí cifras y más cifras. De contagiados, de defunciones, de altas, de Comunidades, de países… Cifras y gráficos una y otra vez, en un carrusel constante de imágenes, trufadas con las de enfermos con mascarilla, sanitarios con mascarilla, periodistas con mascarilla. Todo el mundo uniformado por uno de los bienes más preciados del momento. Termino de comer para hacer… ¿qué? No tengo nada que hacer. Desde que se declaró el estado de alarma no puedo trabajar. Tampoco salir a la calle. No puedo hacer nada. Sí, supongo que ver la tele y leer; pero ¿otra vez? Eso ya lo hice ayer. Y antes de ayer. Y el otro día. Me aburre. Nunca he sido una gran lectora. Solo de vez en cuando, alguna novela, de esas de las que todo el mundo habla. Y ahora me cuesta concentrarme. Supongo que no es fácil para nadie. Pero, al menos, con compañía, el confinamiento no sería tan duro. Ver a alguien. En algún momento. Alguien más que no sea yo misma. Decidí mi soledad. Me gusta la soledad. No compartir espacio, más que a veces, cuando yo lo decido. Pero ahora es tanta, esa soledad querida, buscada, es, en estos momentos, como un nudo que se cierra sobre mí y me ahoga, me aprieta el pecho, recordándome que, por mucho que quiera evitarlo, hoy, otra vez, estaré sola.

Y para colmo, el ERTE. Ya ves tú, qué palabreja. Que antes de esto no la había oído. ERTE. Y ahora es como mi condena. En todas partes sale. Casi más que las mascarillas. Cada informativo tiene, como mínimo, una noticia que habla del famoso ERTE. Envidio a mis vecinos, que teletrabajan. Lo sé porque las paredes son tan finas que a veces creo que yo también lo hago, con ellos, y que estoy en sus reuniones virtuales, tan claro se escucha todo. Al menos así tendría el tiempo ocupado. Entre videollamada y videollamada. Haciendo informes, presentaciones, cuadros… ¡Qué se yo! Nunca me gustó el trabajo de oficina, ya ves, y ahora lo cogería como un regalo. Esta inactividad es una maldición. Durante el fin de semana hago como todos, que si el aperitivo por Skype, que si la cervecita en el grupo de Whtsapp del gimnasio… Pero los días laborables son matadores. Todos trabajan, desde sus casas, pero trabajan, no como yo, y no tienen tiempo para estar pegados a mi pantalla. Sus llamadas, ahora, son otras, otras en las que hablan de cifras y balances, como mi vecina, la del A, que tiene una voz que me marea, ¡qué mujer! Estoy por poner otra vez la tele, a ver si me cuentan, de nuevo, lo de la curva, lo de aplanarla, que no sé ya la de veces que lo he oído. Eso mejor que el tonito de esta señora.

¿Ves? Ella tiene algo que hacer, no como yo. Tiene algo y tiene a alguien, que está con su novio, el que se echó hace unos meses, no sé si dos o tres. El tipo malencarado que me encontraba de vez en cuando en el ascensor. Alguien con quien hablar cuando se quita los cascos y deja de mirar la pantalla. Alguien con quien hacer la lista de la compra para que uno de ellos salga, en esa especie de misión especial fuera de la nave nodriza, que constituye bajar al supermercado. Mi vecina tiene suerte. Y también la tiene mi vecino, el del C. A pesar de que no se lo crea, cuando su hija – ¿Carmen se llama? – se cuela llorando en el cuarto en el que tiene el portátil, sin entender que su padre está hablando con su jefe por el ordenador.

Si viviera mi padre estaría alucinado, con esto de las videollamadas, las reuniones virtuales y toda la parafernalia a la que, en dos semanas, nos hemos acostumbrado. Pobre, si viviera sería del grupo de riesgo, con 92 años que iba a hacer, y yo estaría todo el día preocupada, pensando que ha podido contagiarse. Si viviera… Si viviera podría ir a llevarle la compra, al menos eso, y ver a alguien y hablar con alguien aunque fuese a dos metros de distancia.

Dios mío, son solo las doce. Todo lo que me queda. ¿Y si pongo la tele? No, para qué. Cojo de nuevo el libro que abrí ayer tantas veces y vuelvo a buscar la página. ¿Por qué no pongo el marcador? Es como si me gustase perderme una y otra vez, absorta en los minutos que uso buceando en sus páginas e intentando coger el hilo. Como si, a sabiendas de que me sobra el tiempo, me deleitase alargándolo, estirando esos minutos elásticos, como de chicle, que me conectan con la realidad de fuera, la del libro, la que una vez fue la mía y ahora no se parece en nada a la que tengo. Vuelvo a mirar por la ventana. La nieve ya se ha derretido y yo sigo aquí, casi igual que antes, sin pijama, eso sí, que yo todos los días me cambio como si fuese al hotel. Bueno, igual, igual, quizá no. Me miro y lo compruebo. No, definitivamente no. Soy como esos presentadores de los telediarios, que empezaron a trasmitir desde sus casas, con las americanas impecables y, unos cuantos días después, aparecen con el jersey de ochos debajo del mismo cuadro del salón desde el que nos reciben cada día. Me he dejado. Me he ido dejando poco a poco. Primero fue el pantalón. Mejor uno ancho, que estoy más cómoda. Y así empecé con los palazzo, para llegar a los del chándal, que son los que llevo ahora. Muy monos, eso sí, pero ropa deportiva al fin y al cabo. Y hace días que navego por las distintas variantes de sudaderas que se han ido acumulando a lo largo de los años en mi armario. No, así no saldría. No lo haría nunca. Y sin embargo, es el atuendo que, voluntariamente, he elegido para estar aquí.

Me aburro. Sin trabajo. Sin compañeros. Sin perro. Me queda bajar a la compra, pero ya lo hice el domingo. No tengo excusa. ¿Engancharme a una serie nueva?, ¡qué pereza! Y así, no paro de pensar, una y otra vez, darle vueltas a lo mismo. Porque, por poco que dure esto, el hotel ya no remonta. No, no remonta, que lo sé yo. Si ya estábamos de capa caída, que no había más que ver los recortes y las caras de agobio de la Gerencia. El hotel no puede seguir, seguro que cierran. Que no me creo yo las buenas palabritas de Óscar, que si el ERTE por aquí, que si el ERTE por allá. Que sí, que es una medida temporal, que lo hacemos porque seguimos contando con todos vosotros… Si contar, puede que cuenten. Pero lo que no va a haber es con qué. Que el hotel ya no abre. Si lo sabré yo. En la calle. Me veo en la calle y con mi edad. Y sola. Maldita sea. Otra vez lo de no tener a nadie. Que a mí antes no me importaba, ni lo pensaba, vamos y ahora… Madre mía, en el paro y con 50. ¿Y adónde voy? Si yo casi toda la vida he trabajado en esto. No sé hacer otra cosa. No soy persona de oficina, que si lo fuera, estaría teletrabajando y tan pichi, pero no, yo no soy así. Y los hoteles, ¿van a contratar a alguien de mi edad? Es más, ¿los hoteles van a contratar? Porque después de esto a ver quién se atreve a viajar, y a pasar la noche en un sitio distinto, que no conoces, con un baño y una cama que no son los tuyos. Que a saber cuánta gente habrá pasado por ahí. No, esto no remonta, lo veo. Me quedo en la calle y más sola que la una.

Lloro, y lo hago con ganas, porque, al fin y al cabo, no me ve nadie. Me puedo dar ese lujo. Llorar a gusto. Y es como abrir una espita. Sale todo lo que tengo, sube desde el estómago y se agolpa en la frente, congestionándome, como un cargamento de tristeza que pugnase por alcanzar la meta de mis lágrimas. Lloro un rato. Un rato largo. Y me canso. Me canso también de eso. No sé qué hacer. Pongo la tele otra vez. Más mascarillas. Mascarillas con médicos, con enfermos, mascarillas con presentadores y con expertos. Mascarillas en todas partes menos en la cara de los políticos. Y veo también esas estanterías perfectamente alineados del periodista de la sexta, y el cuadro, ese cuadro tan feo, que tiene el especialista en economía de la uno. Harta estoy de ver tantas casas por dentro. Hay cojines de IKEA que ya han aparecido, por lo menos, en cuatro casas. En la de uno de los músicos del concierto, en la de uno de los comentaristas de antena 3, en la de … Y me quedo con la mente en blanco, no recuerdo más. Da igual. Quizá si me pongo a hacer la comida….

Nada que hacer. Nada. Hasta las ocho, que hay que aplaudir, no tengo nada más que hacer que leer los memes que me mandan en todos los grupos. Siempre los mismos. Con comentarios parecidos. Que si la sanidad está colapsando. Que qué pena, pobres. Que si no hay medios y la culpa ya sabemos de quién es. Que si no habría que pagar a los políticos. Que si todo esto es un complot de vete tú a saber quién. Que si esto nos va a cambiar. Que mira este vídeo, qué canción más bonita. Que si los sanitarios, los reponedores, las cajeras, los profesores y el sursum corda son unos héroes. Que si esto ya lo dijeron los Simpson. El móvil vibra cada dos por tres. Es lo más activo que hay en la casa.

El aplauso. Y no puedo evitar sonreír. Seré boba. Pienso en el aplauso de las ocho, en su sonido que rebota en toda la urbanización y, ya ves, se me pone esta cara de tonta que parezco una adolescente. No le ví el primer día. La verdad es que ya no recuerdo cuándo me fijé en él; pero ahora, el resto de las horas de mi confinamiento giran alrededor de las ocho, ese tiempo mágico para el que me visto (ahora sí), e incluso me maquillo algo, poco, que no hay que exagerar, y salgo a mi ventana. Espero nerviosa, siempre en el pasillo, no vaya a ser que me vea y descubra mi ansia. Y cuando oigo a los primeros vecinos, corro a mi posición y comienzo mi aplauso. Miro primero enfrente, que no se crea que lo hago por él, aunque… Por mucho que lo intente, no aguanto sin volver los ojos para verle, en el bloque de al lado, en el quinto. Mi vecino. Nunca antes me fijé en él. No sé cuánto tiempo lleva viviendo aquí. Quizá desde antes de que yo me mudara, hace ya tres años. Quizá es un recién llegado. No lo sé. Pero desde que le descubrí, aquel día del principio del confinamiento, con esa sonrisa y esos ojos, mirándome con todo el descaro del mundo, no he podido dejar de verle. Imposible no hacerlo. Está solo. No sé si vive solo, pero esta cuarentena no la pasa con nadie. Como yo. No sé si teletrabaja o es otro hijo del ERTE. No sé nada de él. Ni su nombre, ni su edad. Nada. He pensado en hacerle algún gesto; pero, ¿para qué? No podemos vernos. Al menos, no fuera de nuestras respectivas casas. ¿De qué serviría entonces mandarle alguna señal? Siento los nervios donde antes se me acumulaba la tristeza. Es lo mismo, pero diferente. Una desazón, unas ganas de que pase algo más y, sin embargo, de que no pase, que todo siga igual. Así, a las ocho, todo el mundo aplaudiendo y él y yo, mirándonos, juntos en el repiqueteo de las palmas, a un bloque de distancia y conectados en ese corredor imaginario que forma el puente de nuestras sonrisas. Sé que él piensa lo mismo. Tiene que pensarlo. Veo como, día a día, va cambiando su atuendo, como yo, cuidándolo; como, al principio, sale a su terraza (sí, él es un privilegiado con terraza) azorado, sin querer mirar. Y como cuando, al conectar, al encontrarse nuestras miradas, todo cambia y el sonido del aplauso, que rebota en las paredes de la urbanización, no es sino el rumor que nos mece en un baile inexistente, el ritmo que nos marca unos pasos que nunca daremos.

No me atrevo a mirar a su terraza a otra hora. No lo hago. Solo a las ocho. Todos los días. Durante el aplauso colectivo. Fantaseo con su vida, con su nombre, con su pasado. Unas veces es un soltero que acaba de perder a su madre. Ha vivido con ella los últimos años y está solo, no ha tenido tiempo para sí mismo, para cuidarse, para disfrutar. Es un hombre entregado a su familia y a su trabajo. Un profesional de éxito. Otras veces es un parado que ve en esta situación un vuelco y una posibilidad. Él, que lleva tantos meses buscando trabajo; que ya prácticamente ha tirado la toalla, siente que ahora la sociedad va a cambiar, que se volverá más solidaria y por fin podrá tener un sitio para él. En ocasiones es un divorciado que no puede ver a su hijo. Viven en ciudades distintas y es muy complicado. Por eso hace meses que no está con él. Se plantea pedir la custodia; pero no está seguro de poder dedicarle todo el tiempo que necesita. A veces es un empresario, un autónomo que ve cómo su empresa tendrá que cerrar. Sin ingresos durante tanto tiempo, no le va a quedar más remedio que despedir a los dos empleados que tiene. Eso es lo que no le deja dormir. ¿Qué van a hacer ellos ahora? Y así, viviendo las vidas que imagino para mi vecino, se pasa el resto del día. Los minutos se paran hasta las ocho. Vuelan durante el compás de fondo que abriga nuestras miradas, y corren entre realidades cambiantes, entre matrimonios y éxitos profesionales inventados, hasta que me voy a la cama.

No tengo trabajo. No tengo familia. Prácticamente no hablo con nadie durante el día. No tengo aficiones. Vivo encerrada, con el miedo a lo que será mi vida futura cuando todo esto pase; con el miedo a enfermar y no tener a nadie que se ocupe de mí. Pero tengo una ilusión. Tengo la ilusión de que todos los días lleguen las ocho y acudamos a nuestra cita. La ilusión de verle a diario. La de imaginar encuentros que no se producirán. La de colgar mi mirada en el gancho de su sonrisa y decirle todo lo que sé que nunca le diré. Tengo la ilusión de verle. Y quiero y no quiero que esto, esta vida inesperada que no se parece a la que tenía, por fin pase. Quiero que el aire me vuele el pelo y me haga achinar los ojos. Coger de nuevo el coche, todos los días, a la misma hora, para ver a la misma gente y a los desconocidos que no regresan. Quiero salir y comer fuera. Ver a mis amigos. Viajar. Quiero que esta pesadilla se acabe y deje de morir gente. Quiero no tener miedo a contagiarme. Quiero todo eso y no quiero. No quiero perder los cinco minutos diarios de aplausos. No quiero dejar de mirarle. No quiero que mi ilusión se transforme en otra cosa. No quiero descubrir que su vida no es ninguna de las veinte que ya he inventado para él. No quiero hablarle y que su voz no se parezca a la que imagino. No quiero preguntarle por qué me miraba y que me diga la verdad. No quiero que la fábula de lo que puede ser se arruine por lo que es. No quiero perder mi ilusión. No quiero.»

 

5 comentarios en “El amor en los tiempos del ERTE

  1. Qué real, todos somos un poco la protagonista, con miedo a esta realidad que nos ha golpeado. Suerte tiene de su ilusión de las ocho.

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