El toldero que leía a Murakami

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Hoy voy a dejar un relato veraniego, ligero y sin pretensiones, para leer debajo del toldo o de la sombrilla, con la resaca del día anterior o con la falta de sueño por el llanto de los niños. Depende de la edad y de la situación. A los que, el fin de semana pasado, estuvieron conmigo en la playa, les sonará el título, aunque no el contenido. Hay veces que una frase te sugiere cosas que nada tienen que ver con la realidad. Y esta vez, así ha sido. Aquí lo tenéis, mi relato de verano:


“Le costaba tanto hacerse a la idea… Cada mañana se despertaba creyendo que era mentira, pero no, no lo era. Él ya no estaba. Se había ido. Y no iba a regresar. Al menos, no en mucho tiempo. Le hubiera gustado cerrar los ojos y volver atrás, cuando al estirar el brazo encontraba su cuerpo junto a ella en la cama; cuando al darse la vuelta para seguir durmiendo no chocaba con la cuna de viaje de Mario, el pequeño; cuando al abrir los ojos por las mañanas veía a su lado el hueco revuelto que él había ocupado y no a Pablo, el mayor, en la cama mueble.

Su hermana se había empeñado en que pasase todas las vacaciones en la casa de la playa. “Allí, con mamá, que te echará una mano con los críos. Y luego llegaré yo, a mediados de julio, y ya verás qué bien. Saldremos como cuando éramos jóvenes, ¿te acuerdas? Todas las noches. O al menos todas las que aguantes” y se reía, con esa risa fingida que ahora todos tenían. Con ese aire de “sabemos que está hecha una mierda pero no podemos admitirlo, porque estamos aquí para levantarte el ánimo”. Y lo malo fue que se dejó llevar. Hacía dos días que había llegado. Ya ni se acordaba de lo pequeño que era el adosado. Ni de lo lejos que estaba de la playa. Esa caminata de más de diez minutos bajo un sol infernal para llegar a la arena, cuajadita de gente, sin un espacio libre en el que poner la toalla. Pero ella no tenía que preocuparse, no, que su familia siempre había tenido sitio fijo en la playa. Su toldo. Reservado desde el principio del verano. Por tanto, después de temer por su vida, por si moría de deshidratación en el largo camino desde casa, sólo tenía que cruzar el trozo de arena que separaba el paseo marítimo del toldo. Casi nada. Sobre todo porque ahora tocaba hacerlo con un carrito de bebé. Y a pesar de que su madre se ofrecía siempre a ayudarla, ella se negaba. No estaba ya la mujer para esos esfuerzos. Como mucho, para ocuparse de que Pablo no llenase de arena a la gente que estaba tumbada en la toalla, en su loca carrera por llegar antes al toldo.

Era su primer verano sola. Lo pensaba y se echaba a llorar. Y a veces, incluso, lloraba sin pensarlo. Después de siete años, Alberto, su marido, había decidido separarse. Así, sin más. Lo había decidido él, porque ella casi ni pudo opinar. Y en menos que canta un gallo se vio sola, bueno, sola no, que tenía a los críos. Pero sin Alberto. Sin él, que no tardó en encontrar un piso alquilado. “La verdad es que, a pesar de todo, no te puedes quejar”, le decía su hermana, que de esto sabía un rato. Al fin y al cabo era abogada y, durante un tiempo, ejerció como matrimonialista. Por tanto, si ella decía que no se podía quejar, sería por algo. “El hombre mal, mal, no se ha portado. Te ha dejado la casa, pagada y todo, que, en estos tiempos que corren, es un lujo. Y con las visitas de los niños ha sido bien generoso. Ha puesto todo de su parte”. Para no ponerlo, pensaba ella, si lo que quería era largarse cuanto antes. No quería perder ni un minuto, que parecía que estar a su lado le daba descargas eléctricas. ¿Quién iba a pensar algo así? No es que fueran una pareja especialmente empalagosa, pero nunca se habían llevado mal. Al menos, no especialmente mal. Vamos que discusiones siempre habían tenido. Pero de las normales. De las que tiene todo el mundo. Y cuando Alberto empezó a estar tan raro, ella pensó que se le pasaría, que sería una racha, o algo de la edad, que ya se iba haciendo viejo. Pero ni se le pasó ni fue una racha. Al menos por ahora. Le dijo que ya no era igual ¡Pues claro que no era igual! Eso ya lo sabía ella, pero tampoco era para tanto, ¿o no? Pero fue que sí. Porque ahora Alberto ya no estaba. Y ella allí, en la playa, con los niños, su madre y su hermana a punto de llegar. Menudo papelón.

Por eso al principio, ni reparó en él. Para tonterías estaba ella… Pero al segundo día sí que le vio, sentado a la puerta de la caseta, leyendo. Le pareció raro que el toldero leyera. El que había antes, el de toda la vida, no leía nunca. Ya no se acordaba del nombre. Pero daba igual. Éste era otro. Nada que ver con el de antes. Más joven, más alto, buen aspecto. Y sobre todo, con un libro. Se le hizo raro. Y hasta le dio algo de envidia. “Mañana me traigo un libro yo también, que algún rato encontraré”, se dijo. Y así fue, al día siguiente, decidida a recuperar el gusto por la lectura que había abandonado cuando nacieron los niños, se sentó en la silla verde de su madre y abrió el libro.

Al principio le costó concentrarse. “La falta de costumbre”, pensó. Pero enseguida consiguió coger el ritmo. Había elegido una novela que vio por casa. Suponía que la había dejado su hermana, porque no era el tipo de literatura que le gustaba a su madre. Tokio Blues de Haruki Murakami. “Tanto tiempo sin leer, y me rengancho con un japonés. Mira que soy rara”. Pero pronto se vio envuelta en la historia y se le pasó el tiempo sin sentir. Tanto que, cuando le oyó, tardó en darse cuenta de que estaba sola en el toldo. Su madre se había ido con los niños a la orilla. Debía de ser la hora de comer. Le sobresaltó verle allí, mirándola con una sonrisa. Se sintió incómoda.

– ¿Pasa algo? – Le preguntó. Se dio cuenta de que, de frente, era más atractivo de lo que le había parecido sentado. Llevaba un sombrero. Un sombrero extraño, como de safari, que no cuadraba con el entorno de playa.

– No, nada. – Dijo él. Y siguió sonriendo.- Es sólo que…. – Y señaló el libro. Laura no sabía a qué se refería.- ¡Qué casualidad! Es el mismo libro que me estoy leyendo yo.-

– ¿Éste? – Preguntó Laura extrañada.

– Sí.- Afirmó él.

– Pero, ¿tú lees a Murakami? – No se lo podía creer. Para ella era un autor extraño. Y, aunque llevaba tiempo sin leer, siempre había sido muy aficionada a la literatura, por lo que se consideraba algo superior a la media en cuanto a gustos.

– Sí. Y la verdad es que me gusta. Aunque esta novela es algo rara, no responde a su estilo.-

Laura se sorprendió. No sólo leía esa novela, sino también otras de ese mismo autor. Y ella creyéndose culta y entendida… Definitivamente, este toldero era una cajita de sorpresas.

– Acabas de empezar.- Le hizo notar él.- Cuando la termines, me comentas, a ver qué te ha parecido. Por cierto, me llamo Raúl.- Y le tendió la mano, que ella estrechó, sin saber muy bien cómo, un poco aturdida por lo extraño de la situación.

Fue plenamente consciente de su imagen. Allí, en la playa, semidesnuda, con ese cuerpo del que hacía tiempo que no se preocupaba y que almacenaba unos cuantos kilos de más desde el último embarazo. Con la piel muy, muy blanca. Más aún de lo normal, porque usaba la crema solar de los niños – era una tontería comprar dos cremas distintas – que era espesa y no penetraba bien, dejando surcos blancos. Con el pelo recogido hacia atrás con una pinza, las gafas de sol de hace varias temporadas y el bikini de cuando tenía cinco kilos menos ciñendo esas curvas que lo desbordaban. Le dio vergüenza. Hasta ese momento no se había parado a pensar cómo estaba, ni si conjuntaba lo que se ponía. Bastante tenía con controlarse para no estar todo el día llorando y con no olvidarse de las comidas de los niños. Bastante tenía con levantarse cada día. Pero ahora, por primera vez en meses, se importó. Y, a pesar de la vergüenza, pensó que era una buena señal. A lo mejor era una excusa para arreglarse algo. Y para dejar de comer helados como lo hacía, de forma compulsiva. A lo mejor Raúl, además de toldero y lector de Murakami, además de guapo y atlético, era tan simpático como parecía. Y, si no, al menos era la primera persona en este tiempo que no la había tratado con condescendencia.

Al día siguiente dudó ante el espejo. Había elegido su mejor bañador, el nuevo, el que se compró en las rebajas del año pasado. “Parezco una madre”, se dijo. La verdad es que lo era y, hasta entonces, no le había importado. Pero ahora… “Qué bobada. Mira que soy tonta. Ponerme así por el chaval éste. Si le debo sacar… ¿qué se yo?, ¿diez años?, ¿doce?” Pero se ponía. Y no le disgustaba la sensación. Se dio cuenta de que no había llorado desde la mañana del día anterior. “veinticuatro horas, todo un récord”, pensó. Se miró una vez más y decidió que, si metía la tripa, no estaba tan mal. Las piernas algo gordas, sí, pero el negro del bañador ayudaba con el resto. Se hizo una coleta alta y dejó la pinza –su adorada pinza – en la repisa del baño. “Algo voy mejorando. Me he quitado por lo menos…. Seis meses” y se fue riendo a preparar la bolsa.

Cuando llegó a la playa no le vio. Había más gente que el día anterior. Reparó en que era sábado. Hoy llegaba su hermana. ¡Qué ganas y qué agobio! Julia era un vendaval. Ideal para animar cualquier sarao, pero Laura ahora no sabía si quería saraos. Dejó el cochecito de Mario a la sombra y le puso los manguitos a Pablo. Su madre se ofreció a llevarles a la orilla.

– Así te quedas un rato leyendo y te entretienes.- Le dijo, sonriendo. Se había dado cuenta de su cambio y lo atribuía a la lectura. Cualquier cosa era buena si la apartaba de su pena.

Llevaba ya unas veinte páginas leídas cuando la vio aparecer. Su hermana. Impecable como siempre. Con su risa adelantándola hasta el toldo. ¿Cómo podían ser tan distintas? Recordaba que esas diferencias la atormentaron cuando eran niñas, haciéndole pensar que quizá ella fuera adoptada. Julia era la pequeña. Y era más alta. Y más delgada. Era morena, con una melena abundante y rizada que siempre le quedaba bien. Como la de su madre. A pesar de que se llevaban dos años, pronto empezó a entender las películas mejor que ella. Y los libros. Los libros también. Miró el que tenía en las manos. Murakami era muy de Julia. Laura hubiera elegido un libro de Almudena Grandes. Algo más tradicional. Como era ella. La mayor. La que no se parecía a nadie de la familia. “Es igualita que el tío Felipe”, decía su madre. Pero hacía años que no se hablaban con él, por tanto Laura nunca le conoció y se quedó sin saber si ese parecido era cierto. Ella era más bajita. Con tendencia a engordar. Con un pelo rubio y lacio al que no conseguía dar forma. ¿Hermanas? Nadie lo hubiera dicho. Llegó hasta ella con ese olor a colonia cara que no la abandonaba ni recién salida del mar. Se abrazaron. Julia, la alegre Julia, la estrechó tan fuerte que llegó a hacerle daño.

– ¿Cómo estás? – le preguntó. Y Laura supo que no podía contestarle. Las lágrimas habían vuelto y estaban a punto de abandonar sus ojos. Se ajustó las gafas de sol, para que su hermana no lo descubriese y carraspeó, fingiendo una tos que no existía.

– Bueno, como puedo.- Nunca había sido como ella, tan alegre, pero ahora la diferencia era aún más evidente. Laura no pudo sonreír y en su cara se dibujó una extraña mueca.

Se sentaron juntas y Julia vio el libro que Laura había dejado sobre la bolsa de la playa.

– Anda, ¿es el que me olvidé aquí en Semana Santa? – preguntó.

– Sí, lo estoy leyendo.- Informó Laura.- Y el toldero también.- Enseguida se dio cuenta de que ésa era una información que nadie le había pedido.

– ¿El toldero? – Preguntó su hermana.- ¿Ese chico argentino del verano pasado? –

– No sé si es argentino. Se llama Raúl.-

– Sí, debe ser. Era majo.- Comentó Julia sin darle importancia.

– Bastante.- Laura no se reconocía. Estaba hablando más de la cuenta. Julia dejó el bote de crema y se volvió hacia su hermana.

– ¡Pero Laura! No me lo puedo creer. Tú opinando de un chico. Estás cambiando. Y me alegro. Humm, el toldero. No es propio de ti, pero en estas circunstancias cualquier cosa puede ayudar. ¿Dónde está? – Preguntó mirando a su alrededor.

– No sé. Hoy no le he visto.-

– Bueno, voy a ver si alquilo una hamaca.- Dijo Julia, guiñándole un ojo a su hermana y saliendo del toldo en busca de Raúl.

No tardó en volver a aparecer con él, que arrastraba la hamaca por la arena como si no pesase. Mientras Julia buscaba dinero en su bolsa, le dijo:

– Mi hermana me ha dicho que estás leyendo Tokio Blues.-

– Sí. Es una casualidad que hayamos coincidido leyendo el mismo libro.-

– Sí, sí que lo es. ¿Te gusta? –

Y antes de que pudieran darse cuenta, Julia había comenzado con Raúl una animada conversación que se vio interrumpida por la llegada de su madre y sus sobrinos.

Desde entonces, todos los días, Raúl pasaba un rato charlando con Julia y Laura. Normalmente era por la tarde, poco antes de recoger las hamacas y las sombrillas. Resultó que no era argentino, sino de Muchamiel, aunque vivía en Madrid. Trabajaba durante el verano para sacar algo de dinero, con el que iba tirando el resto del año. Porque Raúl era estudiante. Estudiante de Psicología. Tenía veintiún años – quince menos que Laura – y parecía estar allí sólo para hacer que ella olvidase lo que la había llevado a pasar el verano en la playa con su madre.

Se reían, se reían mucho. Los tres juntos. Pero, por algún extraño motivo, por la ilógica razón de ese verano, que prometía ser un desastre y que estaba convirtiéndose en el mejor de sus vidas, Raúl siempre, siempre, buscaba a Laura. Julia se lo comentaba a su hermana, ambas en el baño, una en la ducha y otra limpiando el vaho del espejo.

– Le haces gracia, Lauri. ¿Por qué no te animas? Es un yogurín. Date un gusto. Seguro que te viene bien.-

– Estás loca, Julia. Pero, ¿adónde voy yo? Con este culo y estos michelines. Si es que no puede ser. O el muchacho está enfermo, o si no, es imposible que le guste. Pero si es un crío.

– Sí, sí, un crío, pero está bien bueno. Te advierto que, como no te decidas, me decido yo, que no tengo tantos remilgos.-

– Ay, Julia, pero qué loca eres. No sé, es que no me atrevo, me da vergüenza.

– Si me dices que sí, mañana quedamos y nos vamos los tres al Golf. Yo me pierdo y ya está, como cuando éramos crías, ¿te acuerdas? –

– Sí, pero entonces la que se perdía casi siempre era yo.- Recordó Laura.

– Pues por eso, que te lo debo, ahora me toca a mí.-

Y así un día y otro, hasta que el verano se fue acabando y las dos tuvieron que pensar en ir haciendo las maletas. Laura se agobió ante la idea de volver a casa. A casa con los niños. A casa sola. Allí no le quedaría más remedio que recordar. Allí no tendría toldero, ni libro de Murakami, ni hermana alocada que la invitase a saltarse las normas y a tomarse unos mojitos frente a la playa. Allí tendría su trabajo, sus hijos y la ausencia de Alberto rodeando cada rincón de la casa, cada esquina del recuerdo.

La última noche, las dos, Julia y Laura, decidieron dar un paseo por la arena en lugar de salir de copas. Hacían el camino de vuelta cuando le vieron acercarse.

– Pero, ¿qué haces tú aquí? – Le preguntó Julia.

– He venido con unos amigos a cenar y me ha parecido veros a lo lejos. Os vais mañana, ¿no?

– Sí, por la mañana, después de desayunar.- Contestó Laura.

Raúl las miró a las dos y dijo:

– Ha sido un buen verano. Lo he pasado bien.- Y, mirando a Laura, continuó – Pero no te puedes ir sin contarme qué te ha parecido Murakami.

Y Laura, que no se había terminado el libro, miró a su hermana, con ojos suplicantes. Julia se echó a reír y le dijo:

– No, no, hermanita. Dale tu opinión. Yo me voy a la cama, que mañana tengo que conducir.- Y, antes de terminar la frase, ya estaba enfilando el camino.

A la mañana siguiente, mientras Julia cargaba el equipaje en el coche, apareció Laura, con cara de sueño, conduciendo el carrito de Mario. Las dos hermanas se miraron y, sin decir nada, se echaron a reír.

– Creo que vas a fundar el club de fans de Murakami, ¿no? – Le preguntó Julia. Y Laura, con la risa de su hermana, esa risa fuerte y arrítmica que la caracterizaba, que la precedía y la envolvía siempre y que ahora compartían (por fin algo común) dijo:

– Te prometo que me acabo el libro nada más llegar a casa. Sin habérmelo leído ha hecho más por mí que cualquier psicólogo.-

– No, no, más que uno que yo me sé, no.- Y ambas estallaron en carcajadas, en ésas que, después de toda una vida, eran la misma y las habían unido más que los apellidos y los padres que compartían.

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