El vecino

 

 

  • ¡Hasta mañana vecinos!-

Como todas las tardes desde que comenzó la cuarentena, Pedro se despidió del resto de la urbanización desde su ventana. Empezó casi como un juego. Coger el timón, organizar. Siempre se le había dado bien. Cuando le llegaron los mensajes que pedían aplaudir a los sanitarios a las ocho. no lo dudó. Él estaría allí. Y no porque tuviese a ningún familiar entre médicos y enfermeras. Ni a nadie contagiado, luchando por su vida, solo, amarrado a un respirador. No. Él estaría porque no tenía nada que hacer. Desde hacía ya dos años y ocho meses. Nada. Desde aquel día (aun le dolía recordarlo) en el que le convocaron en la sala de reuniones de la segunda planta justo a la hora de la comida. “Ya les vale, es que no puede uno ni comer. Además, ¿qué es lo que quieren? No pone nada en el asunto”. Y llamó a su jefe, para ver si podía orientarle. No le cogió el móvil a la primera. Ni a la segunda. Tuvo que insistir e insistir hasta que le dijo;

  • Trae el informe de ventas del trimestre.
  • Pero entonces es mejor que venga Luisa también. ¿La aviso?
  • Contestó inmediatamente – No hace falta…. Mejor no… Ven tú solo.-

Le sonó raro. Pero no quiso darle más vueltas. Faltaba solo una hora y media. Si se daba prisa, todavía podría bajar a la cafetería y comer algo. Que él no era de los que podía aguantar sin probar bocado. Él era de los de mesa y mantel. Al menos hora y media y menú contundente, a ser posible. No como el tiquismiquis de su jefe, el nuevo, que desde que llegó no le habían visto comer con nadie. “Pero ¿cómo va a ser un buen director comercial si no sale de la oficina y no se relaciona? Si come siempre solo en su sitio, una ensalada. Eso es no conocer el negocio, ni a los clientes, ni nada. Por muy europeo y moderno que se crea. Eso funcionará por ahí, donde quiera que haya estudiado él o donde trabajase antes; pero aquí no. Esto es España, y aquí los negocios se hacen con un buen vino y un licorcito después. Desde siempre. Y no con tanto cuadro y tanto Excel. Hay que pisar calle, siempre lo digo.” Y miró el reloj para no perder ni un minuto. Casi se le atraganta la paella (era un jueves, no lo iba a olvidar nunca), cuando abrió la puerta de la sala y vio sentado a Rafa, de Recursos Humanos junto al estirado de su jefe. Entonces lo supo. Lo supo antes de que hablasen. Antes de que, serios los dos, casi sin mirarle a los ojos, le explicasen que no encajaba en la nueva estructura; que le habían dado varias oportunidades y, lamentablemente, no había conseguido adaptarse. Seguía empeñado en actitudes y formas de trabajar que ya no eran las que se buscaban. Y le acercaron la carta. No quería leerla y, al mismo tiempo, sabía que tenía que hacerlo. “No puede ser, se dijo, no es posible: me despiden. Me están despidiendo. Después de tantos años. Después de todo el esfuerzo. Que yo me he dejado la piel aquí. ¿Qué digo, me he dejado? Me estoy dejando, si no he parado ni un solo día. No puede ser. No puede ser”. Les miró a los dos. Primero a su jefe, al niñato pijo que se creía que lo sabía todo. Le sostuvo la mirada y no supo qué decirle. Después se volvió a Rafa. A él le conocía desde hacía muchos años. No es que fuesen amigos, tampoco era eso, pero habían compartido los altibajos de la empresa y los vaivenes familiares. Los suyos y los de Rafa. Recordaba cuando nacieron sus dos hijos, incluso cuándo se casó y, si se esforzaba y echaba la vista atrás, hasta se acordaba de cuándo entró en la empresa, poco después de que él llegara.

  • Pero no me lo puedo creer, Rafa.- Él le miró y le dijo:
  • Pedro, está decidido. Lee la carta y firma el recibí..
  • Pero… ¿no se puede hacer nada? Yo… yo puedo aprender, de verdad.-
  • Se te han dado varias oportunidades.- Le respondió Andrés.- Ya no es posible.-

La rabia se le acumulaba en la garganta y casi le impedía respirar. Habría querido gritar, quejarse, discutir… pero lo único que acertó a decir fue:

  • ¿Y cómo se lo digo yo a mi padre? –

Rafa y Andrés se miraron sin entender. Y es que ellos no sabían. No sabían nada. No sabían todo lo que Vicente, su padre, se había empeñado en él, en que su hijo mayor estudiase. Todos los sacrificios, el dinero que no gastó en alegrar la dieta familiar, que día tras día se componía de legumbres más o menos aderezadas, para dedicarlo a pagar los libros y las clases extras que necesitaba Pedro para ir avanzando, Hasta que llegó a la Universidad. Lo que disfrutó Vicente contándolo, primero a los vecinos del edificio en el que trabajaba, en la portería, que conocían al joven desde su infancia. Después a la familia, a los amigos y a cualquiera que quisiera escucharle… y a quienes no quisieran también. Hizo todo para que su hijo lo consiguiese, para que tuviese una vida mejor que la suya. Y Pedro, que lo intentaba unos días sí y otros no, al final no pudo. No pudo y no terminó la carrera. Pero consiguió darle la vuelta a su suerte y, antes de dejarla, empezó a trabajar como comercial, en la misma empresa en la que estuvo más de veinte años. En la que estuvo hasta aquel jueves en el que aborreció la paella. La idea de defraudar a su padre le atenazaba la cabeza, haciendo que no pudiese pensar. Le costó semanas decírselo y, cuando lo hizo, lo vistió con todos los adornos que pudo:

  • Papá, han hecho una reestructuración. – Sabía que su padre no iba a entenderlo muy bien. Pero también sabía que no iba a preguntar.- Y me han dado la oportunidad de llevarme un buen pico. Mucho dinero, sí.
  • Pero hijo, ¿Y ahora qué vas a hacer? Porque si no trabajas, no te queda pensión. Y los muchachos están todavía estudiando.
  • No te preocupes, papá, de verdad. Lo tengo todo pensado. Y me va a venir bien. Ya estaba empezando a estar un poco harto de esta empresa. No te puedes ni imaginar cómo es, como ha cambiado. Hay otras cosas. Y tampoco te creas que me pagaban bien, ¿eh?, que con las horas que le echaba, no se estiraban, no.

Recordaba la cara de preocupación de su padre. Y su propia incomodidad al tener que mentirle.

Y lo peor estaba por llegar. Esa angustia constante con la que se levantaba. Que se instalaba en su pecho en cuanto se daba cuenta de que era verdad. Que no había sido un sueño pasajero. En cuanto se daba cuenta de que no tenía trabajo. No sabía vivir sin estar ocupado. Él, al que le gustaba tanto salir y hablar con sus amigos de sus vacaciones, del coche nuevo, de los restaurantes que iba probando, empezó a quedarse en casa. No quería hablar. No quería admitir delante de los demás que las cosas eran distintas. Y luego estaba la tortura de buscar trabajo. De portal de empleo en portal de empleo. Todo el día mirando en la red, navegando, que él antes apenas se manejaba y ahora… Ahora era un experto. No podría decir cuántas veces había cambiado el Curriculum; a cuántas ofertas se había presentado; cuántas entrevistas había hecho. Pronto empezó a bajar sus expectativas. “Bueno, puede ser un buen momento para cambiar de oficio. Tampoco es que la venta sea algo tan gratificante”. También las salariales. “Joder, si no es ni la mitad de lo que ganaba. Dios mío”. El tiempo pasó. Y los ahorros empezaron a bajar. “Es que es una mierda lo que paga el paro. Yo no sé cómo se puede vivir con eso”. Pero lo supo. Lo supo porque, en menos de diez meses, no lo quedó más remedio que aceptar que se había gastado la indemnización, que no era, ni mucho menos, tan generosa como hizo creer a su padre. Fue entonces cuando vendió el coche, el suyo, el que compró poco antes del día en el que aborreció la paella. “Total, si no lo uso. Y para los chavales es demasiado coche. Con el de su madre se apañan.” Y tres meses después empezó a recuperar la costumbre de comer legumbres, al menos, dos veces por semanas. “A mí siempre me han gustado mucho. Y son muy sanas”, se decía. Pero sabía que no. Que le recordaban los tiempos de su niñez, en la casa llena de humedad que estaba en el sótano, debajo de la portería de su padre. Cuando sentía la ambición. La suya y la de Vicente. Todas sobre sus hombros, con el peso que le encorvaba ligeramente y le daba ese caminar que parecía tímido y que aun conservaba.

  • Mañana bajo y pregunto. Total, no tengo nada que perder.-

Miró a María, su mujer. Cuando empezó todo, cuando decidió tomar la batuta del aplauso de los vecinos y volver a ser alguien, ella no le dijo nada. Bastante tenía con lo suyo.

  • Nos han dicho que van a hacer un ERTE.- Comentó el día 20
  • Eso es temporal, ¿no? – Le preguntó él.
  • Sí, eso dicen, pero vete a saber. Y voy a cobrar el paro.-
  • Al menos, alguien lo cobrará en casa.- Dijo Pedro.

Porque a él, hacía meses que se le había acabado. Como las ganas de seguir buscando. ¿Para qué? Ya ni le llamaban. Pasó de entrevistas constantes a esporádicas y luego, nada. Una nada que llenaba sus días de la mañana a la noche. Solo en casa. Mientras el resto de la familia, el resto de amigos, el resto de la humanidad, tenía un por qué. Se levantaba, se vestía y andaba con un por qué. No como él.

Hasta que llegó el estado de alarma. Y las casas se volvieron a llenar de gente. Unos con un nuevo modo de estar ocupados, teletrabajando o estudiando a distancia. Otros, como él había estado tantos meses: desocupados. Entonces dejó de ser raro. Dejó de avergonzarse de su situación. Y fue cuando decidió tomar la batuta. Dirigir los aplausos de su comunidad. No era difícil. Simplemente, utilizó el sonido de una especie de bocina que su hijo pequeño llevaba al fútbol. A las ocho en punto. El pistoletazo de salida. Luego el aplauso, fuerte, recio, con el sonido que rebotaba en las paredes de los edificios, con los vecinos mirándose unos a otros. Algunos se animaban y silbaban. Otros gritaban vivas. Él los coordinaba. Y se sentía como un director de orquesta que les llevaba siguiendo los acordes adecuados. Incansable. Estiraba el aplauso hasta que le dolían las manos. Y entonces, solo entonces, cuando el cronómetro que había puesto en su móvil señalaba los diez minutos, gritaba:

  • ¡Hasta mañana, vecinos!-

Y un coro de voces desconocidas, le contestaba:

  • ¡Hasta mañana!

Era su ocupación. Lo que le mantenía vivió estos días. Se alegraba. En el fondo se alegraba de tener algo en qué pensar. Y no es que estuviese contento por la pandemia, claro que no, ¿a quién podía gustarle algo así? Pero a él le había dado un sentido, un motivo para volver a levantarse de la cama con energía cada mañana, una sensación de pertenecer de nuevo a una comunidad, de volver a ser como el resto, de ser necesario para algo…

Temía y anhelaba a partes iguales que la cuarentena se acabase. No quería enfermar, ni que lo hicieran sus hijos o su familia. Pero así, con todos en casa, él volvía a ser uno más. Y se unía a los aperitivos de los sábados, por el grupo de WhatsApp, “no, yo prefiero no beber alcohol. Me tomo un café con hielo y ya está”, decía, mientras todos brindaban en la pantalla. Volvía a hablar con los que hacía meses que no veía, e incluso se atrevía a preguntarles por su situación, sin temor a contar la suya, que ahora se había vuelto tan parecida a la de la mayoría…

  • Pobre Gustavo, yo creo que no vuelve a abrir la tienda.- Comentaba en la comida.- ¡Qué desastre!, si es que no sé qué va a pasar.- Y lo decía con sinceridad, pero también había cierto regodeo, cierto gustillo en que el resto estuviese tan mal como él mismo. Ya no era el único. Todo el mundo lo pasaba mal. Y eso le convertía en uno más.

 

  • ¿Qué te han dicho? -Preguntó a María cuando subió.
  • Bueno, es para reponedora, no para cajera. No sé, creo que no les he debido gustar mucho. Además…-
  • ¿Sí?
  • Bueno, no sé, que si me cogen seguro que tengo más posibilidades de contagiarme. Por el super pasa un montón de gente, ya sabes, todos los vecinos. Y yo, pues bueno… voy a cobrar el paro. O sea que… No sé. No sé si quiero que me cojan, la verdad.-

Pedro se quedó pensando. Unos años atrás, tres para ser exacto, ni siquiera le habría dedicado dos minutos. “¿Qué dices?, ¿en el super? No, hija, no, ¿qué necesidad? Es que no puedes comparar. No es lo mismo ser dependienta en la tienda, que es una cadena internacional, que estás fenomenal, que eres supervisora, que trabajar en el Super. Vamos, es que ni color”. Pero las cosas eran distintas. Ahora, ni siquiera la diferencia de salario le parecía relevante. Aunque María tenía razón, ella iba a cobrar el paro….

La imagen de su padre se apareció en su mente.

  • Hijo, qué orgulloso estoy de ti.- Le dijo, cuando empezó la universidad. Casi se le cayó una lágrima. Hacía más de medio año que ya no le decía nada. Había muerto. Y con él, la posibilidad de defraudarle.

Pero Pedro no podía evitarlo, seguía teniéndole muy presente. “Pobre, menos mal que no se enteró muy bien. Él no sabía que se me había acabado el paro. Ni el dinero. No sabía nada. Menos mal. No lo habría soportado”. Pero lo que Pedro no quería ver era que el que no lo soportaba era él. Él mismo el que no quería traicionar la ilusión que un día tuvo su padre.

Pensó en Vicente, en su portería, fregando la entrada, recogiendo la basura de los vecinos, ahorrando para que él pudiera tener un futuro mejor. Pensó en sus sueños, en los suyos y en los de su padre, en ese futuro que ya no era posible y que quizá nunca lo fue realmente. “¿Qué pensaría él?”, se preguntó. Y mientras recordaba sus conversaciones, su hijo, Luis, el mayor, le dijo:

  • Papá, no soporto estar más tiempo aquí metido sin hacer nada. Creo que voy a echar una mano. Tanta gente ahí fuera, trabajando, y yo aquí metido todo el día. Me ha dicho Javi que hay una asociación, una ONG o algo así, que está llevando comida a los ancianos del barrio. Me voy a apuntar.-
  • Pero hijo, ¿y si te contagias?
  • Joder papá, ¿y si se contagian todos los que están trabajando? Mira los médicos, y los enfermeros, y los limpiadores. Mira los del supermercado de debajo de casa y ahí están, todos los días. Yo lo voy a hacer. Quiero hacerlo. Necesito sentirme útil.-
  • – le dijo. Y antes de seguir, hizo una pausa. Le miró y vio la determinación en su rostro.- qué orgulloso estoy de ti.- Y en su cabeza resonaron las mismas palabra, pero con el tono de voz de su padre.

Y de pronto sintió vergüenza, vergüenza de su comodidad, de su miedo, de esa sensación de falsa tranquilidad y falso protagonismo que le daba su rutina. La que le convertía en alguien por diez minutos; esos diez minutos diarios del aplauso que nunca era para él y que, sin embargo, tanto esperaba. Sintió vergüenza por haberse avergonzado de su situación, que era la de muchos, y de la que él no era culpable. Vergüenza por no haber querido mirar otras oportunidades, por haberse escudado en no defraudar a su padre, que ya no estaba, en lugar de afrontar que era él mismo el que no quería hacer otros trabajos. Trabajos que le parecían menores para él, aunque no se lo habían parecido en su día para su propio padre, o incluso ahora, para su mujer. Trabajos que su hijo le estaba enseñando que no solo eran tan válidos como otros, sino mucho más necesarios ahora mismo. Se preguntó para qué servían ahora los vendedores de coches como él, qué estaban aportando en estos momentos para solucionar la emergencia mundial a la que nos enfrentábamos. Se preguntó qué estaba aportando él, encerrado en su casa, sintiéndose importante diez minutos al día. Miró de nuevo a su hijo y decidió bajar al Super, para ofrecerse como reponedor.

Cuando subió, pocos minutos antes de las ocho de la noche, sonrió a María y le dijo:

  • Mañana empiezo, en el turno de tarde.

Y cuando pronunció de nuevo la frase diaria:

  • ¡Hasta mañana, vecinos!- Supo que los vería, no asomados a sus ventanas, con las manos doloridas, en un redoble acompasado, sino en su nuevo trabajo, el que por fin le daba la oportunidad de sentirse útil, de un modo mucho más directo, mucho más evidente, de lo que nunca había imaginado.
  • María.- Le dijo a su mujer.- Mañana te toca a ti dirigir los aplausos.

4 comentarios en “El vecino

  1. Angustioso relato al comienzo pero muy esperanzador al final. A veces, las desgracias nos ayudan a ver con más claridad y, sobre todo, a relativizar y a priorizar.
    Brava Pepa.

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