Lo vivido

 

 

 

“¿Quién me iba a decir a mí que iba a ver algo así? Con lo que yo he vivido…” Y volvían a su recuerdo las sensaciones. Esas que en los últimos años tenía tan cercanas. El hambre. La desazón que ya no solo estaba en el estómago, sino que se adueñaba de todo el cuerpo. “No, esto no es lo mismo” Se decía. “Ahora tenemos qué comer. Tenemos de todo. Vas a comparar…” Y las calles de su infancia, las del Madrid devastado por los años de asedio, se superponían en su mente a las de ahora, vacías, solitarias; pero enteras. “¿Qué va a ser lo mismo?”. Y al levantarse, notó de nuevo el tirón en la espalda. Buscó con la mirada el bastón, sin encontrarlo. “Ya lo he vuelto a perder. ¡Qué cabeza!”. E inmediatamente, una imagen se colocó en su vista, por delante de todas las demás. Su hija.

  • Papá, ¿estás seguro de que estás bien? Me preocupas. No recuerdas las cosas.-

“¿Qué no voy a recordar? No me acuerdo de lo que no me da la gana; pero bien que tengo yo la memoria. Mira, si no paro de acordarme de cuando era un crío, con mis amigos del barrio y con mi madre.” Y, sin quererlo, se le escapó una lágrima. “Cagoento. Pues no me pongo otra vez a llorar. Si tonto, como cree mi hija, no estaré; pero ñoño estoy un rato, que me pongo a llorar con cualquier cosa. Yo. Con lo que he sido. Menos mal que no me ve nadie, que estoy aquí solo todo el día, que si no. ¿Qué diría Cipri si me viera? ¿Y el orejas? No tendrían descanso. Se hartarían de reír”. Y su mente se fue esta vez a recorrer sus años de juventud, con sus colegas y sus compañeros de trabajo; hombres como él, nacidos en las postrimerías de la guerra y crecidos en la aridez del hambre. Gente dura, que no se permitía una debilidad. Al menos, una debilidad que se viera. Que él sabía de más de uno que sí, que, en la intimidad, reconocía que se emocionaba e incluso que había llorado. Pero en público… En público nada. Al revés. A ver quién era el más burro. “Si me vieran… Pero no, que ya están los dos bajo tierra. Y no por esto, por la cosa esta de la enfermedad de ahora. No. Que uno se murió de un infarto y otro de un derrame. ¿Cuánto hace ya? Ni me acuerdo. Dejé de llevar la cuenta cuando se acumularon. Que al principio sí, vas pensando, mira este, el pobre, que era más joven que yo. O el otro, que estaba tan bien, y hacía ejercicio y todo. Pero luego…. Luego tienes más gente muerta que viva, y no te da la cabeza para ir contando”. Y esta vez no se le escaparon más lágrimas. Se había acostumbrado, se había hecho a una realidad que era la suya mucho antes de que se desatase la pandemia. Cuando dejaba de ver o de saber de alguien, lo más normal era que estuviese muerto. Hasta los ochenta no fue así. Pero una vez que los cumplió, las noticias llegaban con tanta asiduidad, que dejaron de serlo. Estaba solo. Pensaba eso cuando tropezó con la silla. “Otra vez. Si es que ya no me sostengo bien sin el bastón. ¿Dónde lo habré metido? Y tampoco veo. Que eso no se lo he dicho a mi hija, que con lo cansina que es, como le diga lo de la vista me lleva otra vez al médico. No, de eso no sabe nada. Pero ¿dónde coño está el bastón ese?” Le costaba andar. Le costaba mucho andar. Y más le costaba reconocerlo. “Puta vida, que no sé por qué tiene uno que vivir tanto, joder, para estar así. Con lo que yo he sido…” Pero no se atrevía a continuar la frase, no se atrevía a decir que prefería estar muerto. Él no. Ella sí lo decía. Lo decía mucho. Sobre todo al final, cuando ya los dolores se hicieron tan fuertes que gritaba pidiendo que se acabase. Ahora sí. Ahora se le escapó de nuevo una lágrima. Movió la cabeza, como negando, como diciendo no, que no quería, que no quería pensar en eso. Así no. No quería recordarla como se fue. “Jodida cabeza. Que me traes la vida de antaño como si fuera ahora y no eres capaz de hacer lo mismo con ella.” Lo había intentado, había intentado recordarla como era, como fue cuando los dos podían valerse; cuando él casi no la veía, ni a ella ni a sus hijos, tantas horas pasaba en el trabajo. “Anda que no echaba horas yo, doblaba turnos siempre, que falta nos hacía. ¡Qué mal lo pasamos al principio! De alquiler, y no llegaba. Doblando turnos y no llegaba. Ella cosía todo el día. Hasta por la noche, la pobre, que cuando yo volvía, y los críos estaban acostados, ahí estaba ella, pegada a la lamparita, dejándose los ojos. Pero no llegaba…” Se agarró al sofá, para seguir avanzando hacia la cocina. Seguía sin encontrar el bastón. Pasó la mano por la pared, como acariciando el gotelé, que llevaba ya tantos años sin pintar. “Pero salimos, claro que salimos. Y nos compramos esta casa. Pequeña, pero nuestra”. Por eso no había querido salir de ella. Ni siquiera cuando se quedó solo, cuando Juana murió.

  • Que no, hijo, que yo me quedo aquí. Que no voy a ningún sitio.
  • Pero papá, si tú no estás acostumbrado. Y además, solo.
  • Solo sé estar. Que no soy ningún crío. No necesito que me cuide nadie. Y no quiero ser una carga. Aquí estoy bien. Es mi casa. Tengo todo lo que me hace falta.
  • Pero en casa estarías mejor. Con tu propio cuarto, con el jardín, con los niños…
  • Que sí, hijo, que te lo agradezco, pero que no. Que me quedo aquí. Que estoy perfectamente. Y me manejo. Déjalo.

Pues sí, irse allí, al fin del mundo, donde vivía su hijo. Que sí, que muy bonito, con su jardín y su piscina; pero más solo que la una. Todo el día, con ellos trabajando y con los críos en clase. Y él sin conocer a nadie. Que no. Que él estaba mejor allí, en su casa, pequeña, pero suya. Sin jardín, pero suya. Sin comodidades, pero suya. Y con sus vecinos. Los de toda la vida, que bien majos que eran. Le saludaban todos los días, cuando salía, a recorrer el barrio y a jugar la partida. Los que quedaban, claro, porque de su edad ya casi ninguno, eran sus hijos… Cuando salía… Ya no podía. No le dejaban. “Manda huevos, que no me dejan salir, a dar mi paseíto. Y si tuviera un perro sí podría, fíjate tú, pero así, yo solo, pues no. Que eso no lo entiendo, ¿ves? ¿Pues no me hará a mí más falta que al perro?”. Llegó por fin a la cocina. “La virgen, lo que me ha costao, si parece que me he hecho una maratón de esas. ¿Ves?, eso me pasa porque no salgo. Yo, antes, con mi bastón, me hacía mi recorrido, todos los días. A mi paso, que rápido no voy, no. Pero lo hacía. Y ahora… Pues aquí, por muchas vueltas que dé es que no me cunde. Y claro, pues las piernas no me responden”. Se sentó en la silla verde, a descansar y puso la tele. Cifras y más cifras. Imágenes de residencias… No pudo. La apagó. “Si es que estamos muriendo como chinches, los viejos. A ver para qué. Tanto vivir para qué.” Pero lo dejó ahí, no siguió. No dijo que quería morir. Porque, realmente, no quería. Pensó en sus compañeros de partida. ¿Cuántos quedarían? No se había atrevido a preguntarlo. Ni a sus hijos, cuando venían (uno cada semana, que no podían coincidir) a traerle la compra. Ni a Pili, la hija de Mariano y la señora Amparo, “que en paz descansen los dos”, la vecina del segundo, que de vez en cuando, llamaba a timbre y, desde lejos, que hay que guardar la distancia de seguridad, le preguntaba si necesitaba algo. “Qué maja es, la jodía. Como su madre. Igual. Siempre pendiente. Y tan fea como su padre, la pobre, qué le vamos a hacer. Las cosas de la vida. ¿Ves?, ¿cómo me voy yo a ir a la casa de Luisito, ahí, donde Cristo perdió el mechero, que no conozco a nadie, que estoy solo, sin vecinos ni nada”.

  • Pero papá, si ahora tenemos que estar todos en casa, por el confinamiento. Mónica y yo teletrabajamos, y Nacho y Ana dan clase en casa, on line, por el ordenador. Estaríamos todos juntos.-

Eso le dijo su hijo el primer día del estado de alarma, cuando llegó decidido a llevárselo, cuando todavía la gente paseaba en ropa deportiva, aprovechando el primer sol de la primera, que aun estaba por llegar. Y él que no, que me quedo, que yo voy a estar bien. Que no me hace falta nada. Que me quedo. Y su hijo insistiendo, casi enfadado, con esa forma que tenía él de enfadarse, como para adentro, que ni se le notaba, solo se le contraía la cara. No levantaba la voz. Cómo le recordaba a su hermano Anselmo. Igualito era, tan calladito, tan comedido. Y listo, tan listo. Su mayor orgullo, el suyo y el de su mujer: haberle podido dar estudios a sus dos hijos. Con beca, que los sacaron los dos, siempre con sobresalientes. La chica más esforzada, estudiando continuamente. Él no. No le hacía falta. “¡Qué cabeza tiene! Si es que da gusto. Y así le va de bien. Que está muy bien colocao. Le da vergüenza que lo diga, pero yo se lo cuento a todos. Faltaría más. ¿Quién me iba a decir a mí que iba a tener dos hijos con carrera?”.

Las horas se le pasaban lentamente. Hacía tiempo que no leía. Con lo que le había gustado. Pero ya no podía. La vista no le dejaba. “Jodida vida”. Y la televisión le aburría. Cuando ella, cuando Juana estaba viva, veían juntos la telenovela, aprovechando ese ratito para comentar y enredarse en tramas imposibles que nunca serían como sus vidas. Pero ya no. Le aburría. Y le recordaba a ella. No quería verla.

Se levantó de nuevo. Ya no recordaba por qué fue a la cocina, y se apoyó en la encimera para salir. Al hacerlo se cayó algo. “El bastón, ¿y qué hace aquí?” Lo cogió y se apoyó en él. ¡Qué diferencia! Volvió al salón. Miró a la ventana. “¡Qué buen día hace! Y yo aquí.” Recordó el sol sobre su cara. Y no el sol de ahora, el de hace unas semanas, cuando aun podía salir a jugar su partida. No, el sol de su infancia, el sol de principios de abril, que se abría paso entre las lluvias intermitentes y los edificios que aun conservaban las huellas de la guerra. El sol que le perseguía por las calles estrechas de su barrio, cuando el pantalón corto no ocultaba los arañazos constantes de sus rodillas. Y recordando todas esas sensaciones, volvió a llegar a él otra, la del hambre. “¡Coño, si no he comido!, ¿qué hora es?” Miró el reloj del salón, ese que Juana se empeñó en comprar en las rebajas de la tienda de muebles de la esquina y que a él siempre le había parecido tan feo. “¿Las tres?, ¿son ya las tres?” Y oyó un sonido, que se coló entre sus recuerdos de calles de edificios grises, a los que el sol de abril sacaba su brillo oculto; un ruido que se superpuso a su duda sobre si había comido o no. Era el timbre de la puerta. “Vaya, ¿Será Pili?» Fue hacia la puerta, anunciando su llegada con la voz, porque sabía que iba a tardar en llegar, iba a tardar mucho más de lo que le gustaría. “Ya va, ya va.” Cuando abrió la puerta, no fue a Pili a quien vio.

  • Mari, hija, ¿qué haces aquí? –
  • Hola papá, me toca a mí. ¿No te acuerdas? Te llamé ayer para decírtelo.- Y mientras hablaba, le hizo un gesto con la mano enguantada para que se apartase y ella pudiera pasar, respetando las distancias, con el carrito de la compra, que parecía lleno.
  • ¡Ah, claro!- Pero no se acordaba. Miró a su hija. Le costaba reconocerla con la mascarilla puesta- Y el pelo… Le pasaba algo en el pelo, pero no sabía bien qué.
  • Pasa, pasa.- Y se apartó. Su hija entró hasta la cocina y allí desalojó el carrito, limpiando todo con un paquete de toallitas y un líquido que había traído. A él le parecía todo muy exagerado.
  • Te caliento un taper, que te he traído. Porque no has comido, ¿no? Son albóndigas, que hice ayer de más, para ti. Y te he dejado también unas torrijas, a ver qué tal me han salido.- Le gritó desde la cocina. Él estaba en el salón. No la había acompañado. Recordaba la bronca que le echó los primeros días.
  • Papá, es por ti. No podemos estar tan juntos. No te puedo abrazar. Y tendrías que limpiar todo lo que te traigamos. Nosotros o los vecinos. Mira, te dejo esto, que lo he pedido por Amazon, es un líquido, para que te limpies las manos y limpies las superficies, los tiradores, todo lo que puedas tocar. Ha tardado mucho en venir, pero pedí tres. Uno para ti, otro para Luis y otro para mí. Y te dejo también unas mascarillas y unos guantes, que eso sí que ha sido difícil de conseguir, que en la farmacia no los tenían ni sabían cuándo.

Él esperó ansioso; pero no por las albóndigas, que eso, en el fondo le daba igual. No tenía tanta hambre. Mucha más había pasado. No, no era por eso. Esperaba por lo otro.

La llamó

  • Ven aquí, mientras se calienta.
  • Sí, voy, ¿qué pasa? –
  • Ponme eso, lo de la cámara, anda, que hace mucho que no les veo.

Y Mari sonrió. La videollamada. Lo que más espera su padre, cuando venían a verle, era la viodeollamada. No se le daban bien las tecnologías, por no tener, no tenía ni teléfono móvil, que cuando su madre vivía sí, tenían uno, de esos básicos, un Nokia. Pero desde que ella murió, no hubo manera de que él se acostumbrase.

  • Que no, hija, que me hago un lío. Déjame. Si no me va a pasar nada.

Y desde que todo esto empezó, desde que no le quedaba más remedio que estar en casa, sin su paseíto, sin su partida, lo que más echaba de menos, sin embargo, era el móvil, el de sus hijos, con eso que él no sabía ni qué era, pero que le permitía ver a sus nietos. A todos. Porque de ellos sí se acordaba. Se acordaba siempre, aunque confundía sus nombres, aunque mezclaba historias de su infancia con la infancia de sus propios hijos, aunque en otras ocasiones, diferentes a esta, había pasado mucho tiempo sin verles. Echaba de menos los besos con babas de Jorge, el de su hija, el más pequeño, y los abrazos con fuerza, que casi le desequilibraban de Ana, la pequeña de su hijo. Echaba de menos las largas conversaciones con Nacho, el mayor de todos, que estudiaba Políticas y siempre quería hablar con él sobre la posguerra y la guerra, sobre esos recuerdos que eran lo más cercano ahora para él. Echaba de menos a sus nietos, más que a nada. Y no sabría decir por qué.

Su hija sacó ahora otra cosa, Algo más grande que el móvil y, con un brillo en los ojos, le dijo:

  • Hoy tengo una sorpresa. He traído la tablet. Para que les veas mejor.- Y le hizo un guiño, como si supiera que no veía bien, que últimamente, las imágenes se le desenfocaban. Pero eso ahora no le preocupó. Como un niño, esperó impaciente mientras su hija encendía el aparto y conectaba con todos. Luego lo recubrió con una bolsa transparente y lo apoyó en la mesa, sujeto con la figura esa tan fea, que compró Juana en unas vacaciones en Valencia.

Y vio a todos. Todos asomados, empujándose Ana y Nacho, para salir bien en la imagen. Él se acercó. Su hija le aconsejó:

  • Ponte más a la derecha, que no se te ve bien.

“Abuelo”, gritaron todos, casi al mismo tiempo. Y él, aunque desenfocados, les vio, les reconoció. Y no pudo evitar que una lágrima volviese a resbalar de sus ojos. Pero no le importó. Ahora no. Aunque le viera todo el mundo. No le importó. Y supo. En ese momento lo supo con toda seguridad: no quería morir.

5 comentarios en “Lo vivido

  1. Muy bonito Pepa. Una estampa que muchas personas que vivieron esa época están reviviendo en este momento, en que la soledad del confinamiento les deja demasiado tiempo para pensar, y no siempre en lo que sería más conveniente para ellos.

  2. Gracias Pepa

    Una historia que describe muy bien la relación que estamos viviendo con nuestros mayores. Así es y así hemos de vivirlo

  3. Me ha encantado Pepa, un relato precioso que describe con mucha ternura sentimientos de nuestros mayores a los que sobre todo ahora hay que proteger. Gracias por compartir tus historias.

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