Platón

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Como ya he dicho, escribo. Fundamentalmente prosa, aunque, en alguna ocasión, también he hecho mis pinitos con la poesía.

Lo que más me gusta hacer es construir narraciones cortas, historias que empiezan y acaban y pueden leerse de un modo rápido. Por eso, he escrito muchos cuentos cortos. Os voy a dejar uno, “Platón”, que os sonará a todos los que hayáis leído mi novela “Ni patria ni tribu”. Lo incluí en ella, modificado y adaptado a una de las tramas del libro.


Como cada día espero el momento en el que harás ese gesto. Ese gesto descuidado, tan tuyo, que repites siempre; que siempre aguardo y que siempre temo perderme. Nunca sé cuándo pasará, incluso me angustio pensando que hoy no pasará. Pero pasa. Todos los días. Siempre igual y siempre de forma diferente. Te quitas el jersey. En algún momento de la mañana, invariablemente, te quitas el jersey. Y debajo, aparece una camiseta del mismo tono. ¿Cuántas tienes?, y ¿cuántos jerseys?. Todos iguales y todos diferentes. Como tu gesto. Estiras los brazos de forma impetuosa, pero sin darte cuenta y justo entonces, en el momento en el que el jersey oculta tu rostro, veo tensarse los músculos de tu brazo, adivinarse bajo la camiseta la forma de tus pectorales y contengo la respiración. Dura sólo un instante, no sé si llegan a ser segundos, pero son suficientes para mantenerme prendida de tu imagen, para sostener mi desazón, para alimentar mis fantasías, para abrir la compuerta que me precipita en esa sensación de caída libre que me da el deseo. Tus músculos bajo la fina tela de la camiseta. Sólo eso y todo eso. Me pregunto si alguna vez habrás notado la insistencia de mis miradas. Si te habrás percatado de que mi voz cambia levemente, un brevísimo silencio justo en ese instante, y después, nuevamente, retomo la palabra donde la había dejado.

No sé si cuando me miras, atento, aplicado, ves la misma imagen que se empeña en devolverme el espejo. Esa mujer madura (¿demasiado madura, quizá?), que se ha cansado de luchar contra la fuerza de la gravedad y luce orgullosa sus arrugas alrededor de los ojos y la boca, la leve flacidez de la cara interna de sus brazos, las primeras canas entre las mechas. O si por el contrario ves a la mujer que siempre fui y que sigo siendo, esa mujer fuerte y atemporal, rotunda, que tiembla bajo el roce de otra piel, que ríe a carcajadas y llora sin pudor, esa mujer que sé que soy y que yo sigo viendo aunque el espejo se empeñe en engañarme.

No sé lo que ves. Sólo sé que espero ansiosa cada día ese momento en el que te veo empezar a desnudarte. Aunque nunca vas más allá. Siempre te quedas ahí, a pesar de que yo imagine e imagine el resto. Y sé que no será verdad. Porque no estamos solos. Porque me miras atento mientras acaricias por debajo de la mesa la mano de esa chica (casi una niña) de melena aleonada y cuerpo insultantemente llamativo. Porque entre nosotros hay más de quince años de diferencia. Porque apenas hemos cruzado diez palabras. Porque eres mi alumno. Porque soy tu profesora. Porque te quitas el jersey cada día, en mi clase, mientras atiendes a mis explicaciones en primera fila y yo pierdo el aliento, angustiada por la posibilidad de no verte.

Como cada día espero el momento en el que harás ese gesto. Ese gesto descuidado, tan tuyo, que repites siempre; que siempre aguardo y que siempre temo perderme. Nunca sé cuándo pasará, incluso me angustio pensando que hoy no pasará. Pero pasa. Todos los días. Siempre igual y siempre de forma diferente. Te quitas la chaqueta. En algún momento de la mañana, invariablemente, te quitas la chaqueta. La desabrochas como sin darte cuenta, y luego sacas las mangas echando tu cuerpo hacia delante, sacando tu pecho que aparece proyectado hacia mí como queriendo escaparse de esas camisetas de cuello alto que llevas, tan puritanas y tan sexys. No dejan nada a la vista, pero todo lo insinúan. Y yo imagino tus pezones bajo el sujetador que se marca siempre levemente, adivino la gravidez de tus pechos en mis manos. ¿Cuántas camisetas como ésa tienes?, y ¿cuántas chaquetas? Todas iguales y todas diferentes. Como tu gesto. Fantaseo con la idea de que lo haces por mí. De que me lo dedicas. Que sabes cómo lo espero y por eso, de forma descuidada, sin variar el tono, continúas con tus frases mientras desabrochas, uno a uno los botones y entonces, en una fracción de segundo, en un momento eterno, me ofreces tu cuerpo. Y es ese gesto, ese gesto que mendigo y que siempre temo perderme, el que me acompaña siempre, al que recurro cuando las caricias, cuando el sexo acogedor y el cuerpo joven e inexperto de Laura, que ahora aprieta mi mano, no me son suficientes.

No sé siquiera si me ves, anhelante, en la primera fila. No sé si descubres en mí a ese hombre que sé que llegaré a ser y que llevo dentro, o por el contrario sólo soy para ti uno más, un imberbe a medio hacer que lucha para que los años le den por fin la pátina de seguridad y confianza que algún día tendré. Porque sé que no es verdad. Que no te desnudas para mí. Porque no estamos solos. Porque me miras como sin verme mientras Laura acaricia mi mano por debajo de la mesa. Porque entre nosotros hay más de quince años de diferencia. Porque apenas hemos cruzado diez palabras. Porque soy tu alumno. Porque eres mi profesora. Porque te quitas la chaqueta cada día, en clase, mientras atiendo a tus explicaciones en primera fila y yo pierdo el aliento, angustiado por la posibilidad de no verte.

11 comentarios en “Platón

  1. Hace mucho tiempo que te sigo a este lado del espejo, sin embargo hace unos meses descubrí ese otro lado que tanto te gusta. Desde entonces me gusta cruzar contigo a ese otro lado y siempre me parece poco tiempo el que permanezco allí. Me gusta leer lo que escribes, por eso espero tu siguente incursión.

  2. Es muy tuyo ese giro de hacer pensar algo que sugiere el texto, y acabar siendo una historia diferente.
    Como sabes me encanta leer esas historias que inventa tu imaginación, me encantaría una novela con malos, malísimos y con estos giros, que donde parece que es, y luego ya no…

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