Puedes ser tú

 

Hoy os dejo una distopía que espero esté muy lejos de convertirse en realidad. Me habría gustado haberla tenido terminada la semana pasada, coincidiendo con el 25 de noviembre, el día internacional contra la violencia de género, esa que algunos se empeñan en decir que no existe. Un poco tarde, pero aquí está. Espero que os ayude a reflexionar. Siempre he pensado que incidir en lo que nos separa en vez de en lo que nos une solo genera odio y radicalización. Por desgracia, parece que ese discurso fácil del «somos diferentes», sobreentendiendo que, por supuesto, diferentes significa mejores, cala en muchos ámbitos de nuestra vida, no solo a nivel de género. La capacidad para identificarte con los problemas de los otros, la empatía, es una cualidad cada vez menos común. Hoy parece que a algunos les resulta más fácil ponerse en la piel del acusado que en la de la víctima. Como digo, espero que este pequeño relato invite a reflexionar.

 

«Se sentó en el borde de la silla, incómodo. Nunca había tenido que denunciar. Nunca le había pasado nada.

Miró de nuevo a su alrededor con esa sensación de ser observado. La policía no levantaba la vista del ordenador. ¿Era eso normal? Por fin, se dirigió a él y, con una sonrisa que le pareció extraña y que, sin duda, era forzada, le invitó a que le contase qué había sucedido.

Él carraspeó. Llevaba algún tiempo sin hablar y temía que su voz se oyese rara. Por fin empezó su relato. No había pasado más de un minuto, cuando la policía le interrumpió:

  • ¿Y qué hizo Vd.? –
  • ¿Qué hice yo?, ¿cuándo?.- No pudo evitar preguntarlo.
  • En ese momento. ¿Se resistió? –
  • No entiendo qué quiere decir.- Y era cierto. No comprendía qué estaba pasando.
  • Sí.- Insistió la policía.- Cuando ellos, cuatro me ha dicho que eran, ¿no? – Él asintió.- Cuando esas cuatro personas le pidieron que les diera la cartera y el móvil, Vd. ¿qué hizo?-
  • No me pidieron nada. Lo cogieron. Me lo cogieron. Me robaron la cartera y el móvil.-
  • Bueno, bueno, tranquilo, no empecemos a sacar conclusiones.- Él no podía entenderlo. ¿Qué conclusiones? Le habían robado. Por eso estaba allí, para denunciarlo.
  • ¿Qué hizo Vd.?
  • ¿Que qué hice? Nada, ¿qué quiere que hiciera? Eran cuatro. Estábamos en un lugar oscuro. No había nadie cerca. ¿Qué podía hacer?- La mirada de la policía, elevando sus ojos por encima de las gafas y arqueando las cejas, le intranquilizó.
  • Decir que no, por ejemplo, negarse, forcejear… No hizo nada, ¿es eso? – Él se revolvió en la silla, incómodo.
  • No, no hice nada de eso, pero… Ellos me lo quitaron. Me quitaron el móvil y la cartera.-
  • La policía devolvió su mirada a la pantalla del ordenador. Una nueva pregunta.- ¿Qué modelo de móvil era? –
  • Un Iphone.- Hizo un pausa.- Un Iphone 7, es de segunda mano. Pero lo compré este verano. Estaba perfecto. Me costó unos 300 euros.-
  • 300 euros.- Repitió la policía.- ¿Y dónde lo llevaba?-
  • ¿El móvil? – Ella asintió.
  • Pues en el bolsillo del pantalón. En el de atrás.-
  • ¿Durante toda la noche? –
  • No, a veces lo sacaba, para leer mensajes y eso.-
  • Y ellos lo pudieron ver.- Concluyó la policía.
  • Sí claro, lo vieron.-
  • ¿Y la cartera? –
  • ¿La cartera? También la llevaba en el bolsillo de atrás.- A medida que se sucedían las preguntas él iba sintiéndose más incómodo. Era algo raro. Como…. Como si tuviese que dar demasiadas explicaciones…. Como si no le creyeran.
  • En el bolsillo de atrás. ¿Y ellos pudieron verla en algún momento? –
  • ¿Verla?… Bueno, sí, supongo. Pagué varias consumiciones.-
  • Pagó Vd. varias consumiciones. ¿Se las pagó a ellos? – Le miraba ya con manifiesta hostilidad.
  • No, bueno sí…. Estaban con un grupo. Yo invité al grupo y ellos estaban allí. Sí, supongo que sí, que les invité a ellos también.- Las manos le empezaron a sudar. No sabía que iba a ser tan desagradable. Le habían dicho que fuera, que tenía que ir a denunciarlo. Que sin la denuncia no podía hacer nada.
  • ¿Llevaba mucho dinero? –
  • Bueno, depende. Unos 200 euros.-
  • Vamos a ver si le he entendido: Vd. queda con unos conocidos en una discoteca. Toman copas. Bastantes.- El tono le incomodó. Mucho. Y la mirada, fija en él, recriminatoria.- Allí conoce a más personas. Entre ellas, estos cuatro individuos, que toman más copas con Vd. ¿Recuerda cuántas? –

Él apartó la mirada y su mente se bloqueó. No sabía. No sabía cuántas. No sabía cuándo. ¿Por qué le preguntaba esas cosas? Intentaba recordar, pero el alcohol aun fluía libremente por sus venas y le impedía concentrarse. Y los ojos de ella también, acusadores.

  • No sé. Unas cuantas.-
  • ¿Unas cuantas? – Preguntó. Y antes de que pudiera contestar, se respondió ella misma.- Muchas. Aun arrastra las palabras. –

A él se le agolpó la vergüenza junto con un sabor ácido que le subió del estómago. Ganas de vomitar. Se contuvo. No solía beber. Y no quería ni imaginar lo que sería vomitar allí mismo. ¿Qué diría esa “agradable” policía? Ya no solo le sudaban las manos. Ahora le sudaba todo el cuerpo. Notó como resbala una gota por su frente. Se sintió sucio.

  • No sé exactamente. No llevo la cuenta.- Y en ese mismo momento se arrepintió de haberlo dicho. La mirada se transformó en odio. ¿O era asco? – Unas cinco o así. No sé.-
  • ¿Y siempre pagaba Vd.? –
  • Casi siempre, sí.- Ahora, además, se sentía imbécil. Era cierto, pagó él. Pagó él casi toda la noche. Un incauto. Eso es lo que era.
  • Es decir, que sus cuatro amigos…-
  • Perdón, no son mis amigos. Ya le he dicho que no les conozco. Nunca les había visto antes de esta noche.- No pudo evitar interrumpirla. A ella no le gustó nada que lo hiciera. Y se tomó la revancha.
  • Es decir.- Insistió.- que esos cuatro desconocidos, a los que ha estado invitando durante toda la noche, haciendo ostentación del dinero que llevaba en su cartera, creando un clima entre todos Vds. de camaradería, compartiendo con ellos risas y juerga; esos cuatro desconocidos, que le han visto usar repetidamente su móvil, un aparato de alta gama, abandonan el local con Vd., todos con grandes dosis de alcohol en sus cuerpos, para seguir la fiesta, y cuando están en una calle poco transitada, le piden la cartera y el móvil y Vd. se los da. ¿Es así? –
  • Bueno, no sé, no exactamente. No como suena cuando Vd. lo dice.-
  • ¿Ah, no?, ¿Y cómo es exactamente?
  • Bueno, ellos no me lo piden y yo se lo doy; ellos lo cogen.-

El tono de la policía demostraba que estaba comenzando a hartarse.

  • Pero Vd. no les dice que no, ¿no es así? Vd. no se niega, ni forcejea, ni hace nada que les haga ver que no está dispuesto a dárselos.-
  • No entiendo nada. Me han robado. Me han quitado el móvil y la cartera. Puedo describirles. Eran cuatro, Incluso me sé los nombres de pila.- No estaba tan seguro, pero intentaba parecerlo, a ver si lograba retomar el control de la situación.- ¿Por qué me hace esas preguntas? Parece que la culpa es mía.-

La mirada de ella se hizo aun más fría. Él creyó notar un gesto de asco.

  • Vestido con ropa cara en una discoteca de ese barrio; con una cartera de piel llena de dinero y un Iphone; borracho. Les invita y sale con ellos del local, se dirigen a una calle sin gente y oscura, ¿qué quiere que crea? –

Él, con un terrible dolor de cabeza, ya casi no aguantaba las ganas de vomitar. Pensó en hacerlo, allí mismo, sobre la mesa y el ordenador de la policía maleducada, delante de todos los que hacían como que seguían inmersos en sus propias conversaciones, pero estaban atentos a la suya. Todos los que miraban de reojo su polo de El Ganso y sus zapatos Timberland (su perfecto uniforme de pijo) y pensaban “si es que va provocando”.

  • ¿Quiere seguir con la denuncia? Creo que debería pensárselo.-

Él hizo un gesto de negación con la cabeza y acertó a decir:

  • Quiero seguir.-
  • Está bien. Tomaré su denuncia, ya que insiste; pero le advierto que no será un camino fácil. Si lo que yo le he preguntado le ha parecido incómodo, espérese al juicio. Tiene que ir preparado si decide continuar.-

Sintiendo que no podía contenerse, asintió, indicando que lo tenía claro, que quería seguir, aunque realmente lo que le gustaría era acabar, acabar ya con todo eso.

 

Cuando, con la copia de su denuncia en el bolsillo, salió por fin, vio a su amigo Álvaro, que le había acompañado, apoyado junto a la puerta. Antes de poder contarle nada, corrió hacia el baño para vomitar. Él le esperaba.

  • Tienes muy mala cara. ¿Cómo ha ido? –
  • No puedo creerlo. Nunca imaginé que fuera así. Me he sentido yo el acusado, como si me culpase a mí.-
  • Ya te lo dije. Que te lo pensases muy bien, antes de denunciar.-
  • No entiendo nada, de verdad.-
  • Pedro, has pasado mucho tiempo fuera. Primero de Erasmus y luego con el trabajo. ¿Cuánto llevas?, ¿cuatro años? Las cosas han cambiado. Han cambiado mucho. Y aunque vengas en vacaciones, no es lo mismo. No te das cuenta. A ti todo te parece igual pero… No, no lo es.-
  • Pero no lo entiendo, ¿qué tiene eso que ver con lo que ha pasado? –
  • Ha ido poco a poco. Primero fue la lucha contra las denuncias falsas. Empezó con los temas de violencia de género; pero no quedó ahí. Y luego vino el cambio de la normativa, del Código Penal…-
  • Pero no entiendo, ¿qué tiene que ver eso conmigo? Esa tía ha sido superborde.-
  • No la culpes. Es su trabajo. Ellos, los policías son el primer filtro, que debe velar porque no se produzcan denuncias falsas.-
  • Pero, ¿quién va a denunciar falsamente que le han robado? ¿Quién va a pasar por esto voluntariamente? –
  • Dicen que las cifras son muy altas. ¿Qué quieres que yo te diga? Yo nunca estuve a favor de este tema, ni me creí lo datos que daban. Ni siquiera al principio. Cuando empezó la lucha contra el feminismo.- Y miró a izquierda y derecha, como temiendo que alguien le pudiese escuchar. – Ahora son los denunciantes los que tienen que probar que no consintieron el delito. No solo probar que tuvo lugar, que eso sigue igual, sino también que no hubo consentimiento. Porque claro, de otro modo, ¿cómo puede el posible delincuente saber que no querían darle voluntariamente sus cosas? –
  • Pero, ¿tú te estás oyendo? Ya no estoy tan borracho como para admitir las barbaridades que estás diciendo. Eso que dices es una locura. Es perverso.-
  • Ese es el argumento. Y dicen más.- Bajó aun más la voz. – Que si llevas una vida decente y haces las cosas bien no tiene por qué pasarte nada. Ya te advertí de que no fueras a ese barrio así vestido. Y de que no llevases el móvil ni la cartera a la vista. No es necesario provocarles.-
  • ¿Provocarles? Lo dices como si no se pudieran contener. Como si tuvieran que robar.-
  • Y luego beber tanto… Es que se lo pusiste a huevo. Si al menos hubieras gritado, si les hubieras dicho que no querías dárselo y hubieses pedido ayuda…. Algún moratón, alguna herida, no te habría venido mal para mostrar a la policía. No sé… Pedro, pero yo no habría denunciado. Y desde luego, si vas a seguir adelante, ármate de paciencia. No va a ser un camino de rosas. Yo te aconsejo que no salgas mucho y que no sigas con tu vida normal. Que se note que te ha afectado.-
  • Álvaro, no me lo puedo creer. Esto que me estás contando me parece surrealista.-
  • Eso te pasa porque llevas mucho tiempo fuera. Hace años, las cosas eran diferentes, como tú recuerdas; pero ya no.-
  • ¿Y cómo lo aguantáis? ¿No te gustaría que las cosas fueran como antes? –
  • A mí y a muchos.- Y volvió a mirar a los lados, temeroso.- Pero a veces, estas cosas, los grandes cambios, empiezan poco a poco, con señales a las que no damos importancia. Pensamos que no van con nosotros, que afectan solo a otros. Y cuando quieres pararlos, ya no hay marcha atrás…. Ojalá se pudiera.-«

 

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