#relato Octubre eterno

 

 

Hoy voy a empezar por el principio. Supongo que eso debería haberlo hecho años atrás, cuando abrí el blog, mucho antes de la página web; pero bueno, digamos que es una licencia literaria, un “flashback”. Os voy a dejar el relato que escribí con dieciséis años y que ganó el primer premio del concurso Nacional “Leer y escribir”, convocado por el Ministerio de Cultura, en su edición de 1984. La temática, como podéis imaginar, era “La Regenta”, de Leopoldo Alas Clarín.


El octubre eterno de Vetusta se agita en el suelo. Con el viento, los días de siempre juegan en la calle, se revuelven, arrastran murmullos, se persiguen y acaban por morir entre papeles y polvo. Siempre el mismo polvo, los mismos papeles. Parecen aguardar la lluvia de noviembre para empaparse de un paso del tiempo que es una nueva vuelta atrás, una navegación que no hace más que vestirlos de barro y agua.

Leopoldo Alas oye las campanas a lo lejos. Tocan a difunto. Siempre. Tocan a esa muerte diaria del pueblo y sus habitantes. Los vetustenses, que no lo saben, llevan flores al cementerio, hacen elegías pedantes en el Lábaro, el periódico local, lloran algunos por compromiso y visten sus ropas de luto. Sus ropas nuevas, claro está. Un año más ha de notarse en el atuendo. Ya se sabe: “renovarse o morir”. Y Leopoldo sonríe mientras el pueblo entero desfila por la plaza, comentando el paso del tiempo y lo que tardan en llegar las lluvias este año.

A él le da la impresión de que las lluvias siempre son las mismas y de que el tiempo no pasa. Y es que, atendiendo a las costumbres y a las gentes, sería difícil distinguir los años.

Leopoldo Alas piensa que el aburrimiento constante de Vetusta es su único calendario. Es un aburrimiento programado de antemano por sus habitantes, un aburrimiento que mide los días en caras, hechos y actitudes conocidas, que se combinan intentando buscar la emoción de la novedad. Vetusta posee su propio tiempo interno que nada tiene que ver con el de los relojes y los bronces de la Catedral.

Y Leopoldo piensa todo esto con la pluma ya seca en la mano. Mira el papel, en el que dos o tres gotas de tinta se han endurecido y pasa la vista por las líneas escritas. Es una crítica literaria para un periódico de Madrid. Una crítica… Quizá por eso su visión de las cosas sea distinta a la que pueden tener los demás vetustenses. En la ciudad la vida cultural tiene un cauce estrecho: se divaga en el casino, se acude al teatro para contemplar los palcos de los otros, mientras los clásico tiritan en las mallas anacrónicas de los actores, y poco más. Es un alarde de conocimientos (oídos más que aprendidos) el que unos hacen tomando unas copas, y una mímesis de actitudes “de moda” la que otros buscan exhibiéndose en una continuación nocturna del Espolón.

Él no suele participar en ese intento de vida cultural de sus convecinos. Por eso y por su condición de escritor, Vetusta se le aparece distinta. Es para él la ciudad un marco que moldea a las gentes, pero un marco que vive con ellos. Vetusta no tiene divisiones, organiza y es organizada, fuera de ella los habitantes y los hechos que allí suceden no tendrían sentido. Serían ridículos o distintos; pero nunca con ese regusto a monotonía aguada tan vetustense. Leopoldo ve la ciudad a través de unas letras: la vida es reflejo de novelas. ¿Por qué ha de ser de este modo y no al contrario? Leopoldo intenta plasmar siempre una realidad verosímil en sus libros. ¿Y la vida?, ¿no intenta plasmar una ficción en su transcurso? Que hiciesen esa pregunta a los vetustenses, que les dijesen si sus emociones no giraban en torno a imposibles, a escándalos y chismes que hubiesen hecho llorar a cientos de lectores. ¿Y no eran ellos, a su vez, los habitantes de la gloriosa ciudad, unos lectores expectantes, deseosos de ver culminados argumentos de folletín o de obra de tesis – según los casos – en la vida de sus conciudadanos? Sí, la novela tiene que ser un fiel reflejo de la realidad, porque esta es en definitiva un espejo más o menos curvado de la primera. Hay que cerrar el círculo.

Y Leopoldo sigue pensando en todas estas cosas sin pretenderlo. Tiene que continuar con su artículo; pero su mente vuela y vuela escribiendo ella misma la historia de Vetusta, de esa Vetusta que no quiere mojarse y se empapa año tras año; de esa Vetusta que sonríe sin saber por qué a cada día, esperando que por fin llegue alguno que sea distinto. De esa Vetusta que aun distingue entre novela y vida.

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  • Entonces, ¿no debo ir?
  • Desde luego que no. Ese Alas es un ateo, no debemos mezclarnos con él. No presume de ello, como Guimarán; pero por ese mismo motivo es mucho más peligroso. Él no se detiene en divagaciones metafísicas sobre religión. Va más allá y da mucho menos la cara. Nos odia a nosotros, a los siervos de Dios.
  • ¿A nosotros?
  • Sí, hija mía, a nosotros, a los sacerdotes. Es uno de esos… anticlericales, producto de los jaleos del doce… Ataca a la Iglesia y a sus ritos.
  • Pero… Es que Vetusta me consume. Todo es vulgaridad. Las reuniones de la Marquesa son para mí un suplicio. Y estar siempre en casa, sola… Nadie me habla de algo que pueda tener mi imaginación distraída. Solo esos juegos ridículos de Visita…
  • ¿A eso hemos llegado?, ¿solo la trivialidad de Visita y a Fandiño para llenar nuestra vida? ¿Y la religión, Anita?, ¿y Cristo siempre a nuestro lado?, ¿y Santa Teresa, y las cofradías y toda la poesía de nuestras fiestas?, ¿ya no son nada?
  • ¡Oh, sí! Sí que lo son; pero…
  • … Pero ese… Ese escritor que nos condena, ese crítico engreído ha acabado por imponerse a Dios. A Dios, Ana, a Dios. Y esto no puede seguir así. No solo se olvida al Santísimo con esa actitud, sino que también se ofende lo más sagrado y… y me pone en ridículo a mí, Anita, hay que decirlo. Mi hija de confesión más respetable en tratos con ese ateo camuflado.
  • Yo… Yo no sabía; pero… ¿Qué tiene de malo Alas? No creo que atente contra el clero. Nunca le he oído hablar de ello. Además es una persona muy seria y no le imagino entreteniéndose en cosas de ese tipo. En verdad, no veo qué falta se puede cometer asistiendo a sus reuniones…
  • ¿Qué falta? La principal. ¿Pero cómo no puede usted verlo, señora? Me parece que todo mi esfuerzo y todo mi trabajo ha sido en vano. Meses y meses intentando sacar a flote lo que en su alma hay de bondad, de luz intensa, y ahora veo que no ha servido para nada. Esas ideas, Ana, esas ideas que la hacían envanecerse de una santidad que era pura soberbia, la llevan a tratar con esta clase de gente. Y eso ya no, eso no tiene remedio, hija, es el fin. Es pecar contra Dios mismo, ya lo he dicho, y es un pecado que no tiene enmienda. ¿Cómo va a querer acoger el Santísimo en su seno a alguien que ha charlado amigablemente con una persona que conspira contra sus siervos? No, eso no…
  • Lo sient0, de verdad que lo siento. No iré, lleva usted razón. No iré. He sido una egoísta y no me he dado cuenta del daño que le hacía; pero… tranquilícese.
  • ¿Que me tranquilice? ¿Cómo voy a tranquilizarme cuando usted, hija mía, pretende aliarse con toda esa caterva de gente que me odia, que me acusa a mis espaldas? Y don Leopoldo, don Leopoldo, ya le digo, es el peor. Dice que la Iglesia está corrompida, que los sacerdotes dominan la ciudad a través del confesionario, que los ritos, los ritos de nuestra religión, Anita, son pura superstición… Y lo más grave… Lo más grave es que nos calumnia de… de…
  • ¿De qué? Dígamelo, por favor.
  • De… De un pecado que no me atrevo a pronunciar en este lugar santo. De algo que no me está permitido ni pensar.
  • ¡Jesús!
  • Jesús es precisamente al que maltratan con sus ideas retorcidas. Jesús, ese que ve usted allí, crucificado, muerto por un puñado de seres que no merecen si quiera llamarse personas… Y a mí también me maltratan, Anita. A mí me calumnian, dicen… dicen, ¡qué se yo las barbaridades!, que robo, que hago mi parecer de las familias pudientes, que utilizo la Iglesia para enriquecerme. Dicen incluso… Que no tengo vocación y que mi cuerpo flaquea y no es capaz de seguir los elevados designios que se le imponen a un espíritu dedicado a Dios. Dicen, Anita, que no merezco la sotana que llevo puesta… Y usted… Usted quiere ser uno de ellos.
  • No, no, desde luego que no. No iré. De veras que no iré, nunca. Haré lo que usted diga. Una y mil veces tiene razón. Y yo, ¡qué egoísta he sido! No he pensado más que en mí y no me he dado cuenta del daño que le hacía a Dios con mi falta. Y a usted… A usted, un alma santa como la suya…
  • No hija mía, no. Si supiese lo que hay dentro de mí se daría cuenta de que no soy ese ser excepcional que cree. Soy humano y necesito apoyarme en los demás. La necesito a usted, Ana, para luchar contra todos esos anticlericales, para verme fuerte y no sentirme solo. Y me amenaza con aliarse con ellos. ¿Por qué me abandona? ¿Por qué no vuelve a sumergirse en toda la belleza de la religión? Se ha retirado usted demasiado del camino. Solo viene a la Catedral para confesar y asistir a misa. Temo que vuelvan a invadirla esas tentaciones de las que me habló… ¿Qué ocurre? ¿Por qué no dice nada? ¿Es que han vuelto?
  • No exactamente.
  • ¿Qué quiere decir, hija mía? Explíquese. ¿Ha soñado esas cosas de nuevo?
  • Sí, pero… De forma distinta.
  • ¿A qué se refiere?
  • El protagonista ha cambiado.
  • ¿Ha… cambiado?

De Pas sintió una oleada de calor que le subía a las mejillas. La cara de la Regenta, a través de la oscuridad tamizada del confesionario, se había vuelto ligeramente. ¿Sería él el hombre que la inquietaba? Las manos comenzaban a sudarle y le temblaban. Miró con ansiedad el rostro avergonzado de Ana Ozores.

Tenía que ser él. Tenía que serlo. No podía nadie quitarle ese alma gemela que aparecía en su soledad como un baño de espíritu a su ambición. No podía nadie negarle ese derecho a una persona que eclipsase el arribismo que había sido todo en su vida. Derecho a tener… A tener. Sí, ¿por qué no? A tenerla. La sotana no iba a impedirlo. Ni ella ni los sacramentos impuestos. Debía tenerla, debía tener a la Regenta.

¿Y si fuese otro? No, no, ¿quién había de interesar a Ana? Nadie sabía comprenderla como él. Nadie había logrado arrancarla de su aburrimiento como Santa Teresa y el misticismo que de Pas le había proporcionado. Santa Teresa… Nunca él como individuo… Como hombre. Quizá ahora… ¿Y si fuese otro? No podía evitar pensarlo. Otro, otro, pero ¿quién?

  • Sí, ha cambiado. Por eso ha dejado de preocuparme.
  • ¿Por eso?, ¿por qué?
  • Porque ya no se repite con la misma persona. Lo que quiere decir que no hay ninguna intención desviada con respecto a nadie en particular. Es solo un capricho de la imaginación.
  • ¡Un capricho de la imaginación! Un capricho pecaminoso y genérico, Anita. Esto es más grave de lo que creía.
  • No, no lo es, se lo aseguro. Tiene la importancia que quiera dársele. Y yo no le doy ninguna. Es ridículo preocuparse por algo que sucede solo en un sueño. Es algo que no existe. Además, ya casi no se dan.
  • Pero, ¿siempre con el nuevo protagonista?
  • Solo sé que ya no es el mismo de antes.
  • ¿No se da cuenta de lo que dice? Ya no da importancia a un peligro como este.
  • Es que… Creo que cuanto más piense en ello, más peligros será.
  • ¿Quién le ha metido esa idea en la cabeza? No, no. Aquí veo la mano de alguien. Debe contarme quién más sabe el carácter de sus tentaciones. Me parece que me la están confundiendo a usted, Ana, y esto no puede seguir así.
  • No se enfade. Lleva razón. Ha sido otra persona la que me ha hecho hablar así. Ha sido… Alas… No, no se moleste, él no conoce nada sobre mis sueños. Lo dijo de forma general, refiriéndose a que yo daba demasiada importancia a todo. Y mencionó algo así como que… Me creaba universos de sufrimiento por cualquier fantasía. Sí, creo que fue eso.
  • Esto está llegando al límite. ¿No ve cómo se lo decía? La convence. Dentro de poco, Ana, gritará usted insultos en mi contra. Además… No ha ido a ninguna de sus reuniones. ¿Cuándo ha hablado con él? No será una cita secreta…
  • ¡Por Dios! ¿Cómo puede imaginar eso? Nos ha hecho varias visitas. De ahí mi afán por asistir a sus tertulias. Pero si usted opina que no…
  • Opino, afirmo y no hay quien me desdiga. No se hable más. A Leopoldo Alas no se le visita, no se le escucha y no se le vuelve a ver. Y desde mañana mismo, Ana, comenzamos a combatir ese criticismo vacío que le ha inculcado. Tenemos que luchar contra su influencia. Nuestro peor enemigo es la soledad. O sea, que debemos evitarla. ¿Qué hay de doña Petronila y las cofradías?
  • ¡Nunca! No volveré allí jamás.
  • ¿Por qué?
  • No sé; pero… No, no, no me obligue, por favor. Mire que siento como una opresión en el pecho… Los nervios… No me obligue. No soporto ese ambiente.
  • Está bien, está bien. Habremos de buscar un término medio. Doña Petronila descartada. Las diversiones mundanas de la Marquesa también… A decir verdad, no veo la solución… Un espíritu profundo y apartado de la dedicación religiosa… No sé.

La Regenta se mordió los labios mientras los ojos se le encendían y el rubor le coloreaba incluso las pestañas. Ella sí sabía. Había estado a punto de pronunciar el nombre.

  • Bueno – continuó el Magistral – lo pensaremos más detenidamente. Es algo que requiere meditación. Mientras tanto, Anita, no saldremos de casa y dedicaremos el tiempo a alguna lectura reconfortante. ¿De acuerdo?
  • Si usted lo estima oportuno… – Dijo la Regenta mientras pensaba horrorizada en todos los libros religiosos que la habían embobado tiempo atrás.
  • Desde luego, hija mía. Vuelva el martes y habremos preparado una solución a ese terrible peligro en el que ha estado a punto de caer.

Ese terrible peligro había venido con el verano. Llegó cuando la ciudad dormitaba en la siesta de agosto; cuando la mayoría de las personas “de bien” estaban de vacaciones y cuando la Regenta y de Pas vivían en el cenit de su unión mística.

No significó nada su aparición. La vida siguió su curso en Vestusta con la llegada del otoño y la vuelta de sus habitantes. Sin embargo, el tiempo y la monotonía de la ciudad terminaron por rendirle culto y, en poco más de un año, se había formado un grupo de seguidores incondicionales del nuevo convecino.

La Regenta había nacido también a esa devoción por Alas. Veía en él una posibilidad para escapar de la monotonía vetustense, un camino en el que sus ansias de originalidad se viesen satisfechas, un ser que no iba a hundirse en el barro de la ciudad. Alguien distinto. No sabía muy bien si ese sentimiento era o no peligro. Tampoco le importaba.

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Alegre y radiante, a pesar de la lluvia, va Leopoldo Alas camino del caserón de los Ozores. Hace semanas que no les visita y ha decidido hacerlo precisamente cuando el barro baja más pegajoso por las calles.

Ha estado esperando durante varios días que Ana asista a sus reuniones; pero no ha logrado verla entre los jóvenes alocados y las pocas mujeres que alaban cada letra y cada sonido que lleve su marca. Le agobia esa admiración que raya en servilismo. Sabe que, tan fácilmente como ha subido en la consideración social de la ciudad, puede bajar. Sabe que sus ideas, que tan ardorosamente defiende ahora Vetusta, no son vistas como tales, sino como un mero reflejo de una actitud de moda, de un hombre de moda. Siente que su crítica al sistema educativo, que tan acertada cree él, ya que se forma a través de la lente de su cátedra en la Universidad, se repite por salones y tertulias, como se repiten los escarceos amorosos de cualquier personajillo importante. No se cuestiona nada. No se analiza nada. En realidad, no se entiende nada. Y esto le lleva de nuevo a su idea inicial: Vetusta se mueve por un afán de supervivencia en la muerte diaria del barro, la lluvia, la tristeza de la meteorología adversa y la vida repetida. Y en ese afán desesperado florece con especial predilección la fuerza de las  necesidades más primarias. Entre ellas destaca una sobre todas. Es un instinto que se ha convertido en eje de la ciudad; un instinto que se satisface en los rincones con las clases inferiores y se alienta en el secreto a medias con las clases superiores; un instinto que es aire y casi, casi, lluvia en Vetusta y que se procura silenciar por todos los medios. Este juego de alusiones y rodeos al sexo moldea Vetusta. Es una actitud la de sus habitantes comparable a la de las telas finas y a los escotes pronunciados de las ropas de las damas. Se cubre la palabra; pero se descubren a propósito y seductoramente todos los juegos y caprichos (a veces ridículos) que la rodean. Leopoldo está convencido de la veracidad de su afirmación; pero nunca se lo dirá a nadie. Sería desnudar a la dama en público y eso no debe suceder jamás. Ha de hacerse en la intimidad y con todo el encanto que proporcionan los ritos del retardo.

Está triste Vetusta con la monotonía líquida corriendo por las calles, barriendo las fachadas de las casas y filtrándose a través de la piedra. La humedad se hace, contradictoriamente, agobio en estos meses.

Leopoldo piensa en Ana Ozores. Ana… Curioso personaje. Es una mujer atormentada por insignificancias. Todo en ella es un problema. Su mente, su vida, son amasijos de influencias exteriores, trampas para hostigar su espíritu. Esa enfermedad nerviosa que le causa ataques, cree Alas que camufla una inadaptación alimentada desde la infancia. Aun no conoce muy bien la historia de la Regenta; pero sí sabe de un tal Álvaro Mesía que intentó seducirla durante más de dos años y acabó por abandonar la ciudad cuando ya todo indicaba que iba a conseguirlo. Él le conoció. Era el vicio puesto al servicio de la elegancia. El don Juan de Vetusta. Admirado, deseado, siempre luchando por no traicionar la imagen que la gente tenía de él. Un ser solo apariencia. Jefe del partido liberal dinástico en la ciudad; pero sin ningún tipo de ideal político. Se fue un octubre a Madrid, a arreglar unos negocios, y ya no volvió. Atrás quedaron su fama y su única conquista sin consumar: Ana Ozores. Era una espina que tenía Mesía en lo más profundo y estimable de sí mismo: su reputación. Se comentaba que volvería a sacársela, que Mesía no podía poner broche a su carrera de galán con la “ministra”, que en Madrid le había proporcionado un alto cargo en el Gobierno. Debía ser la Regenta la última en rendirse a sus atractivos ya maduros. La Regenta… También ella se mueve. como vetustense que es, por motivos de instinto. Alas no cree a su esposo, viejo y despistado, capaz de satisfacerla. Y a ella se la ve pletórica de fuerzas, de unas fuerzas que deja escapar en trastornos nerviosos y, durante un tiempo, en una beatería con visos de santidad. Y ahí comienza otros de los puntos negros de Vetusta. Leopoldo está convenido de que la Iglesia, sus ministros (ocupados en minarse mutuamente el camino) y sus fiestas y ritos, contribuyen a adocenar a la ciudad, a cubrirla de esa capa de indiferencia que, a partir de noviembre, se confunde con el barro. A hacerla más servil, más hipócrita y más corrompida. Le preocupa que en Vetusta nadie tenga una conciencia clara del hecho. Está, eso sí, don Pompeyo Guimarán, presumiendo de su ateísmo a ultranza, los mismos sacerdotes (con sus odios y envidias) y todos los que fueron al entierro de don Santos… Entierro que acabó con rezos y temores religiosos. No, en Vetusta no hay nadie que se dé realmente cuenta de que el púlpito, y sobre todo el confesionario, escriben sus actos. Y Alas llega de nuevo a su teoría sobre el eje central que mueve la ciudad. También la religión se ve envuelta en su fuerza. Está seguro Leopoldo de que hay una relación pseudoamorosa entre confesor e hija espiritual, que va más allá de una mera similitud de almas que conversan. Es mucho más sutil que las que mantienen clérigos y criadas (y que se pueden calificar de pecaminosas), ya que estas al no alcanzar un cierto grado en la escala social son tenidas por naturales. El fuerte poder que la curia eclesiástica y sus designios tienen sobre el componente femenino de la clase alta de la ciudad demuestra esta relación basada en alusiones veladas y deseos poco espirituales. Ana Ozores es buen ejemplo de papel en blanco en manos del Magistral. Y sin embargo, Leopoldo siente que algo distinto sucede con la Regenta. La ve cambiar. No se atreve a envanecerse de ello; pero ha notado un cambio desde que la visita. Es como si hubiese limado las cadenas de Fermín de Pas en favor de una visión más despreocupada de la vida, libre de faltas, inconveniencias, pecados y soledades. Le gusta verla así.

  • ¡Qué alegría, don Leopoldo! No esperábamos su visita.- Le saluda Quintanar con una efusividad que desmienten sus labios curvados. Alas no le es excesivamente simpático. Considera sus charlas complicadas e innecesarias. No comprende ese afán crítico y no entiende cómo un hombre de su inteligencia y sus posibilidades ha venido a encerrarse en Vetusta. – Pase, pase. Anita está en el salón, leyendo. Ya verá qué contenta se pone al verle. Distraígala un poco. La noto extraña últimamente. Me preocupa que vuelva a caer en su enfermedad, ya sabe… Yo tengo que irme. Frígilis me espera en el jardín.

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De Pas encontró su solución. Consistía esta en una mezcla de lecturas piadosas que pretendían encender de nuevo la imaginación impresionable de la Regenta, y una serie de visitas del Magistral al caserón de los Ozores. Se estimó conveniente esta última medida aun a costa de don Víctor, al que no le agradó en exceso la perspectiva de tener por sus pasillos y salones al Magistral.

A pesar de sus esfuerzos, Fermín veía cómo ese ser delicado que había hecho nacer en él sentimientos contradictorios, que le había obligado a dudar de su vocación y de si tener Vetusta importaba más que tenerla a ella, se le escapaba entre palabras y sonrisas. Se alejaba ese espíritu que él forjó según la imagen idealizada del suyo propio. Se quedaba sin esa mujer que le estremecía y le enfurecía. Sabía que el culpable era Leopoldo Alas, pero nada podía hacer por contrarrestar su influencia. Por más que insistía en lo pecaminoso de sus ideas y  en lo perjudicial que le resultaba a Ana su compañía, no podía evitar que las tardes en las que él se sentaba, su lugar frente a la Regenta fuese ocupado por un rival que, hasta el momento, enfilaba el camino de la victoria.

Fermín se sentía abatido. Era ahora la soledad su principal preocupación. Esa soledad hiriente, abrasadora, que le invadía al verse sin el bálsamo de la Regenta. Y lo que más le dolía era comprobar que, envuelta en sus nuevas ideas, que evitaban las preocupaciones, aparecía más bella y envidiada que nunca. El misticismo que él le dio la volvió pálida, delgada, como un ser etéreo. Y ahora, con las enseñanzas de su nuevo maestro, la veía hermosa, coloreadas las mejillas y el cuerpo firme, sin que en su rostro se reflejase el menor recuerdo de esa mente atormentada.

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Leopoldo Alas está contento. Siente un especial placer en verse triunfante ante el Magistral, que encarna la corrupción y el manejo que él critica. Sin embargo, empieza a percibir un peligro especial en Ana Ozores. La Regenta parece deseosa de confirmar prácticamente su teoría sobre Vetusta, el tedio y los instintos. Y lo más grave es que no la conoce.

Los hechos dan la razón a Leopoldo y sin embargo… Hay algo que no acaba de encajar en toda la historia; algo que le tiene preocupado y que hace peligrar la montaña de hipótesis sobre Vetusta. Una contradicción le condenaría al desprecio de las gentes. No puede desilusionar a los papagayos que le adulan. Él es distinto, todos lo piensan y su obligación es actuar como si fuese cierto. Entonces… Ana va a acabar, sin saberlo, con el ídolo Alas. Se siente atraída por Leopoldo hasta un límite que, como siempre, sobrepasa lo intelectual. La culpa es, desde luego, de él; pero… Ahora se da cuenta de que ha vivido al margen de sus ideas durante todo este tiempo. Se limitaba a recitarlas y no había una consecuencia lógica en sus actos. Ha sido otro de los papagayos de Vetusta, repitiendo algo que era suyo solo a medias. Ha intentado seducir a la Regenta como un Mesía más, y cuando casi lo ha conseguido, se ha dado cuenta de que de Pas es quien debe tenerla, de que le corresponde por derecho propio y por derecho vital. Vital de vida que imita novelas. Y esta no iba a hacerlo. Solo si Ana Ozores y el Magistral se deciden a realizar lo que tantas veces se ha insinuado a través de las rejas del confesionario, en la casa del Gran Constantino o incluso a pocos metros del lecho de la Regenta, Vetusta cerrará el círculo y la realidad será otra vez reflejo de novelas que imitan vida. Le duele tener que desandar el camino; pero se debe, como Mesía, a su público y este exige que Ana Ozores no sea distinta a Pepita Jiménez, o a tantas otras que, siguiendo los dictados de su época, acabaron uniendo algo más que su espíritu al alma gemela del confesor. Va a ser difícil convencer a la Regenta, que espera, amparándose en su decencia, las acometidas de ese amor que le ha insinuado Alas. Sabe que cuando Ana se propone algo, lo lleva hasta el fin, y que una contradicción cuando ha logrado decidirse, después de siglos de dudas y acusaciones, puede debilitar ese espíritu enfermo… O quizá llevarla a una falta mayor. Eso es lo que espera que suceda.

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Don Fermín había acudido desesperado. Ana le había mandado llamar con urgencia. Quería verle inmediatamente para hablarle de… No, eso no podía ser. De Pas se empeñaba en negar la evidencia. Leopoldo Alas estuvo ayer en su casa. Estuvo hasta sabe Dios qué horas. Don Víctor fuera, con Frígilis, y no volvió a dormir. No había vuelto aun… Y ella, Ana… ¿por qué le solicitaba tan repentinamente? ¿Qué sucedía? ¿Qué tenía que contarle?… No, eso no, Ana no. Y recordaba la frialdad, la distancia que les había separado en los últimos meses. Él estaba perdido, ridiculizado por todos durante semanas. Y ahora esto. Necesitaba una explicación. Pero, ¿qué explicación? No la había. Ana le había traicionado.

La encontró en la cama, deshecha en lágrimas, con el cabello suelto cayéndole en rizos sobre el rostro. Se incorporó:

  • Fermín, menos mal. ¡Ayúdeme!
  • ¿Qué ocurre?
  • No sé qué hacer… He hecho mal… No, no lo he hecho, he estado a punto de… Fermín, la cabeza me da vueltas. Me han acudido de nuevo los delirios de la enfermedad… Me siento morir… Estoy tan sola…
  • Ese hombre… Alas, ¿qué ocurrió?
  • ¿Alas? No pasó nada. No, no pasó… Fermín… Yo no quería… Él, Leopoldo, no pasó nada… Pero… Me ha dejado sola… No es como yo creía… Tenía usted razón… No es verdad lo que dice.
  • Pero, ¿qué pasó ayer? Ana, dígamelo… Tengo que saberlo… Todos se ríen de mí, Ana, me ha puesto usted en ridículo.
  • Yo… yo no he hecho nada… Él… Me ha engañado…
  • ¿Cómo? Dígamelo. Ha manchado su nombre y el mío. ¡Insensata!
  • Fermín, se equivoca… Compasión, por favor, no sé qué hacer.
  • Ahora, ahora no sabe qué hacer… ¿Y antes?… Se ha aprovechado de que yo estaba sujeto, Ana, pero se ha confundido. No soy un pelele con el que se pueda jugar. Soy un hombre a pesar de la sotana.
  • ¡Fermín!
  • Sí, y eso no lo ha tenido en cuenta. ¡Nunca!

De Pas se dio la vuelta y su figura hizo estremecer el cuarto. Cogió la puerta y la cerró con un golpe que la desencajó en sus goznes. Cuando corría por el pasillo oyó una voz débil que le llamaba. Era la Regenta. Volvió desesperado.

  • ¡Fermín! Ven, ayúdame… Estoy sola… Yo no tengo nada… No tengo madre…

Era cierto: ella no tenía madre. Sintió una lástima profunda por Ana, allí, llorando sobre las sábanas revueltas, con el pelo enmarañado, con la carne blanca entre los pliegues del camisón. La sotana le apretaba el cuerpo musculoso. Le oprimía. Se olvidó de ella. Avanzó hacia el lecho en el que la Regenta le miraba con el rostro pálido e inocente.

  • ¡Fermín! – Sollozó la hija de la modista italiana sobre el paño negro.
  • Ana, Ana… Repetía el Magistral mientras acariciaba el pelo y besaba la cabeza de la mujer que le había trastornado.
  • Ana… – Levantó el rostro infantil de la Regenta, miró sus lágrimas bajándole por las mejillas y besó la boca entreabierta que le llamaba.

Por la ventana del cuarto se filtraba una luz plomiza que amenazaba lluvia en Vetusta.

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