#relato Ponla otra vez, mamá #retratosdelconfinamiento

 

 

 

  • Ponla otra vez, mami, por favor, por favor.- Y Lara juntaba sus manos en un gesto de súplica.
  • ¿No te aburres? – Preguntó su madre.
  • No, no, me encanta.-
  • Pon el otro, mamá, el de Grecia, que hace más tiempo que no lo vemos.- Sugirió Ángel, asumiendo la seriedad que le correspondía por ser el hermano mayor, desde la madurez de sus diez años.

Ana le miró sonriendo y se levantó para cambiar el vídeo en la pantalla. Los abuelos estaban al llegar. A ellos también les gustaba ver los vídeos, los de recuerdos construidos con las fotos de sus viajes. Los que hablaban de un pasado que apenas recordaban y que nada se parecía a la situación actual.

Los fines de semana de ahora eran tan distintos… Los de su niñez se teñían en su recuerdo de risas, comidas y vida compartida. Quizá esa era la clave: compartir. Ese verbo que tanto ejercitó en su juventud sin saberlo y que ahora, años después, estaba casi prohibido. Compartir plato, compartir bebida, una tarde de palomitas y peli en el cine, compartir ropa con sus amigas, libros con sus compañeros, compartir mesa, asiento; compartir juegos, experiencias y, sobre todo… compartir tiempo juntos. A sus hijos les costó aprender el significado de esa palabra. La asociaban con redes sociales y aplicaciones. No entendían el sentido físico. No podían. No podían hacerlo.

Oyó el timbre y corrió a abrir, pulsando en la pantalla. Les vio entrar desde el fondo del pasillo y les saludó con un gesto de la mano. Desde la distancia, ellos también saludaron, mientras se descalzaban y se ponían las zapatillas dejadas en la entrada para las visitas. Las zapatillas que habían sido previamente desinfectadas con el espray que les esperaba sobre la repisa. Después de rociarse abundantemente se dieron la vuelta y sonrieron. Esperaron a que pasasen dos minutos, el tiempo mínimo para que hiciese efecto y, por fin, llegaron hasta ella. Era raro. Seguía siendo raro. A pesar del tiempo transcurrido. A pesar de que todos conocían las normas. Evitar el contacto físico. A veces era tan raro que dolía. Ana recordaba otros tiempos. Tiempos en que los abrazos y los besos se daban por supuestos. En los que nunca se paraba a medir mentalmente la distancia ni sentía la ausencia de cercanía de otros. En los que su burbuja de seguridad se mezclaba constantemente con otras y su cuerpo sentía la proximidad como una bendición.

¿Cuánto hacía de eso? ¿viente años? No pudo seguir pensando porque surgieron dos voces desde la habitación.

  • ¡Abuelos! Venid. Vamos a ver el vídeo de Grecia.

Ambos se miraron y sonrieron.

  • Hola- Saludaron, dirigiéndose al fondo del pasillo.- ¿El de Grecia otra vez? – Preguntó su madre, volviendo la cabeza hacia Ana.
  • Sí. Es el que más le gusta a Ángel.

Pero no tuvo que explicar mucho. A ella también le gustaba. Ese y el de Nueva York. Y, si se ponía a pensar, le gustaban todos. Todos los vídeos de sus viajes, los de su infancia y su juventud, los de su vida y la de sus padres. Esa que sabía que fue y que, a duras penas, aun recordaba. La que estaba tan lejos de la realidad, tan lejos de la infancia de sus propios hijos.

  • Siéntate aquí, abuelo.- Dijo Ángel señalando un sitio a su lado.- Y cuéntame lo de aquel vuelo a Ginebra.- Le pidió.
  • ¡Schsss! – Se volvió a ellos Lara, poniéndose un dedo en la boca, pidiendo silencio.- Ahora viene lo de las palomas. Es muy gracioso. Quiero oírlo.-

Ana sonrió, mirándoles. Le recordaban a ella misma, sentada con su hermano frente al televisor. Solo que, en su caso, eran las películas de Disney las que pasaban sus imágenes una y otra vez, con diálogos y canciones que repetían y repetían, anticipándose incluso a las conversaciones. Les encantaba volver a verlas, saberse las escenas. Lo mismo que a sus hijos ahora. La única diferencia era que sus hijos, en lugar de películas, veían los vídeos de su infancia. De la infancia de ella, de su juventud. Con los viajes ahora inalcanzables, con la vida que para sus hijos era tan imaginaria como una película. Con todo lo que nunca podrían hacer…. Y además, aderezado con los comentarios de sus abuelos.

  • Bajito – Pidió Ángel.- Cuéntamelo bajito. Y el abuelo sonrió, encantado de poder volver a su historia, a la que tanto le gustaba. La que hablaba de su profesión, esa que adoraba y que ahora prácticamente no existía. Él fue piloto. Piloto comercial en un mundo cada vez más pequeño y más accesible, en el que podías ir de una parte a otra prácticamente sin limitaciones. Un mundo en el que la realidad viajaba casi tanto y tan rápido como las imágenes, en el que las culturas se mezclaban, se entretejían, aprendiendo unas de otras, enriqueciéndose…. Y contaminándose.

Así empezó todo. Fue en 2020, a Ana nunca se le olvidaría. Un primer virus aparentemente poco agresivo. Un poco más fuerte que una gripe. Pero que se extendió por todo el mundo en pocos meses. Y que obligó a dar el primer paso, el primer cierre a su vida, a la que había sido su infancia, a lo que creyó que siempre tendría…

Primero fueron las muertes. Y el confinamiento. Las limitaciones a los movimientos, el cambio en las relaciones. Fue entonces cuando se empezó a llevar mascarilla, cuando las distancias se empezaron a medir en la calle, en los transportes, en los comercios… Entonces cuando todo lo que estaba ocurriendo parecía imposible. Una pesadilla. Una mala novela. Una historia de telefilme de mediodía. En ese momento, a pesar de los cambios, aun había esperanza. Se veía como algo pasajero, como una batalla que se ganaría, como un paréntesis que se cerraría tarde o temprano. Y todo volvería a ser igual… Por eso, cuando empezaron las quejas, cuando algunos se saltaron las normas porque “no pasa nada”, ella no supo muy bien qué pensar. Echaba de menos a sus amigos, a su familia. Echaba de menos abrazarles y tomarse una copa en una terraza. Echaba incluso de menos sus clases. ¿Quién llevaba razón? No le preocupaba mucho. Le preocupaba más recuperar su vida. Cuanto antes. Sentir de nuevo el abrazo de Alex. Los bailes en una pista abarrotada, cerrando los ojos y notando cómo la música se adueñaba de sus movimientos y la llevaba a no evitar los roces involuntarios con otros, arropados por la alegría de estar allí. Quería volver. Volver a sentirlo todo. Por eso, al principio, cuando las normas empezaron a relajarse, fue de los primeros en pedir más. No acababa de entender la lentitud que otros le imponían en esa vuelta a su vida.

Ella quería recuperar todo lo que le habían quitado. Sus viajes, sus comidas fuera, sus cañas después de clase… todo. No le preocupaban, entonces, las caras largas de sus padres, que veían, además, otros problemas derivados de la marcha de la economía, o que presagiaban una recaída si no se atendía a los límites. A ella solo le preocupaba cómo acabaría ese año el curso y volver a ver a sus amigos. Poco más.

Y el año acabó. Acabó con restricciones, pero con una aparente vuelta a la normalidad. En todo. Al menos casi… Porque lo que no volvió, no del mismo modo, fueron los viajes. Al principio se reanudaron con limitaciones. Que si toma de temperatura en los aeropuertos, todos con mascarilla. Que si guardando la distancia de seguridad entre asientos… Así empezaron ese verano. Con restricciones de entrada y salida entre países que más parecían un manual de xenofobia y un “tú más”, que verdaderas normas dedicadas a protegerse de la enfermedad. Fue entonces cuando su amiga Marta fue a Londres, a visitar al chico aquél, tan majo, que conoció en febrero y al que no había vuelto a ver, porque estaba de Erasmus. Entonces cuando Ana aprovechó para el viaje, el único fuera de España que hizo con Alex. Un viaje a París. Les habría gustado ir más lejos, pero decidieron no esperar más, aprovechar cada minuto juntos, cada destello del pasado que podían volver a disfrutar, cada abrazo, cada beso, cada momento conociéndose y reconociéndose. Y no se arrepintieron. Porque con la vuelta del frío vino también el virus. De nuevo. Y se cerraron otra vez las fronteras. Marta se quedó en Londres y ellos… Ellos ya no volvieron a salir de España. El vídeo de París era el último de la colección que sus hijos veían y veían. El que menos les gustaba. Porque sus padres, allí, ya eran mayores, porque no estaban los abuelos, porque apenas salía nada interesante, más que edificios, cuadros, y paisajes. Nada. Nada que ver con los otros vídeos, con su madre y su tío creciendo y jugando frente a las cámaras, enmarcados por playas, por calles, por gente diversa que se asomaba a las fotos acompañando las canciones de la banda sonora, que Ángel y Lara cantaban una y otra vez. El vídeo de París era el menos divertido. Y el que más les gustaba a sus padres…

  • Abuelo, cuando yo sea mayor seré piloto como tú.- Dijo Lara, mientras se movía al ritmo de la canción que sonaba en el vídeo.
  • Claro – Dijo su abuelo.- Pero recuerda que los pilotos ya no llevan pasajeros, hija. Solo carga.-
  • Ya lo sé. Solo llevan comida, medicinas y cosas. Para la gente que la necesita en otro sitio. Pero a mí me gustan los aviones… Y los viajes.- Y cogió la maqueta, el pequeño avión de plata que fuera de su abuelo, el regalo por los veinticinco años de trabajo en la compañía aérea.

Su hija quería ser piloto. Sin haber pisado nunca un avión. Sin haber salido más allá de 600 kilómetros de su casa. Su hija vivía en su pasado. En esa infancia feliz y despreocupada que veía todos los días en la pantalla. Sin pensar en que ya no era así. Ya nada era así.

  • ¿Y cómo es ir en avión, abuelo? Cuéntamelo otra vez.-

Y Ana veía a su padre iniciar de nuevo esa historia, la misma que había contado a sus nietos tantas veces. Esa que iluminaba sus ojos, en el recuerdo de lo que más le había gustado: volar. Lo que tuvo que dejar de hacer años antes de lo que había previsto. Cuando los vuelos comerciales dejaron de existir. Cuando muchos de sus compañeros se reciclaron en pilotos de carga. Cuando él también lo intentó y fue rechazado. Cuando dejó de trabajar. Cuando un nuevo virus llegó antes de haber encontrado la vacuna para el anterior. Y después otro. De nada sirvieron las advertencias de los científicos, de nada las previsiones catastróficas que auguraban que había que prepararse para que estas epidemias llegasen cada vez con más frecuencia. De nada. Algunos países intentaron adaptarse, modificando aspectos de su economía, centrando sus esfuerzos en investigaciones. Otros no. Otros siguieron en su loca carrera a ninguna parte, instigados por ciudadanos y dirigentes endiosados en lo que siempre ha sido así y en el poder de lo quiero y lo quiero ya. El mundo, el mundo hiperconectado, ya no volvió a ser igual. Muchos países vieron morir a gran parte de su población. Sectores económicos enteros desaparecieron. Los paradigmas cayeron como lo hicieron en su día las torres gemelas, de golpe, en segundos, arrastrando con ellas el espejismo de la globalización.

  • No me has avisado.- La regañó Alex al subir del sótano.- Ya están aquí, ¿verdad? –

Ana asintió.

  • Por lo que veo la dinámica es la de siempre. Vídeos e historias.-
  • Sí. A ellos les gusta y a los niños también.-
  • Claro – Y le dio un beso a Ana. Ella habría deseado permanecer en el contacto de sus labios por más tiempo, pero él se retiró.- Y Lara sigue empeñada en ser piloto.-
  • Déjala – dijo Ana.- Ya tendrá tiempo de cambiar.-
  • ¿Crees que hacemos bien? –
  • ¿A qué te refieres? –
  • A si es bueno para ellos conocer todo lo que no tienen. Ver continuamente cómo era la vida antes. Querer cosas que no van a poder tener.-
  • Bueno… Nosotros tampoco podíamos volar en una alfombra mágica. Y a mí me encantaba Aladín. No pasa nada porque a ellos les gusten los aviones.-
  • Sí, puede ser- Convino Alex.- Pero a veces me da tanta rabia… No poder darles eso. No poder viajar…-

Veinte años después, los viajes internacionales estaban prohibidos. Y también los nacionales… O casi. Había una larga lista de espera, de más de dos años, para tener acceso a unos de los pocos viajes de turismo a las islas. Para formar parte de ella había que dar una señal, una prácticamente inalcanzable para la mayoría de los españoles, y esperar a que llegase el turno. Ana y Alex se acababan de apuntar, después de haber ahorrado para ello desde que nació Lara. Era su ilusión. Volar. La ilusión del ser humano. La de ellos. La que fue de su padre. La de sus hijos.

A veces, Ana recordaba lo que le contaba su madre, en su infancia, sobre el seiscientos, la meta del desarrollismo, lo que toda familia española de los sesenta buscaba, por lo que se endeudaban. Algo parecido ocurría ahora con los vuelos. Claro objeto de deseo…

  • Comemos en media hora, ¿vale? – Miró por la ventana, viendo una larga extensión de campo y tierras de cultivo.

Esa era otra de las cosas que trajo el cambio, la gran crisis. Con ella, las actividades se deslocalizaron. El uso de la tecnología se incrementó y pronto fue evidente que no importaba el lugar, la presencia, para llevar a cabo gran parte de ellas. Por eso Alex y Ana trabajaban desde casa. Desde una casa tradicional en las afueras de un pueblo manchego. A la que se trasladaron al poco de casarse. Los meses de confinamiento que vivieron en su juventud les hicieron apreciar la naturaleza, el campo, la posibilidad de andar descalzo sobre el césped, de ver crecer lo que tú mismo has plantado. Allí vivían desde entonces. Su casa era su fortaleza. Buscaron un lugar que les permitiese realizar todas las actividades cómodamente, ya que allí debían pasar casi todo su tiempo. Trabajar, estudiar. Prácticamente todo se hacía desde casa. Entre el miedo a los contagios y las altas temperaturas (que habían ido subiendo año a año), explorar el exterior se había convertido en algo cada vez menos frecuente. Una casa perfecta para vivir aislado. La cárcel ideal.

Con el aumento de las enfermedades, vivir en colectividad se había vuelto cada vez más peligroso. Las ciudades fueron quedándose vacías y las zonas rurales se apreciaron con todo el atractivo que habían ido perdiendo a lo largo de los años. Los precios subieron tanto que les costó encontrar algo como lo que tenían, en el medio de la nada, a kilómetros de distancia del pueblo más cercano, solo con una estación de servicio a la que se podía llegar andando o en bicicleta, y en la que había un pequeño supermercado donde se abastecían. Aislados. Solos. Seguros. Conectados por las tecnologías con todo el mundo, viendo a través de pantallas la vida en las ciudades, en otros países… Echando de menos el contacto con vecinos, con compañeros, con amigos. Habían mantenido la relación con unos pocos, con los que seguían quedando a través de videollamadas y alguna vez, pocas, en persona, con todo lo que eso significaba. El viaje. La desinfección. El camino, lleno de posibilidades de contagio, envueltos en continuas medidas de seguridad, vestidos con una especie de traje espacial desechable, soportando temperaturas imposibles… Hacía mucho que no lo repetían. La última vez fue a Alicante, a ver a María.

  • Mamá, ¿cuánto falta? – Preguntó Lara nada más salir.

“Hay cosas que nunca cambian”, pensó Ana.

  • ¡Qué ganas tengo de ver la playa! – Repetía Ángel sin cesar.

Ana pensaba en ello. La playa. El mar. Sus hijos no lo habían visto. No conocían ese paisaje que a ella la acompañó casi desde su nacimiento. Pero la visita fue toda una decepción. Nada de la ciudad asomada al mar que recordaba Ana. Nada de esas playas kilométricas de arena blanca. Nada. El cambio climático se había llevado por delante unos cuantos kilómetros de costa y el mar empezaba mucho más atrás. Junto a los edificios. Con un pequeño trozo de playa artificial que nadie pisaba. No, la playa tampoco era la de su infancia.

Pensaba todo eso mientras ponía la mesa, maquinalmente, sin reparar en que tenía que añadir dos platos más. Vino su hijo Ángel, en su ayuda.

  • Mamá, ¡que no te enteras! Hay que poner dos más para los abuelos.-
  • Es verdad.- Dijo ella, moviendo la cabeza.
  • Mamá.- Empezó su hijo .- ¿Por qué no podemos hacer las cosas que hacías tú de pequeña?-
  • Ya te lo he dicho… Las cosas fueron pasando poco a poco. Y, bueno… también creo que, en general, fuimos muy irresponsables. Nunca pensamos que fuese a llegar una situación así. Creíamos que todo se arreglaría…-
  • … Y el egoísmo, hijo.- Llegó Alex y, cogiendo los vasos, se unió a la conversación.- Nos costó entender que no éramos nosotros los importantes. Al menos no cada uno de nosotros. Eso de pensar en común, de pensar en lo mejor para todos y a largo plazo, no se nos da bien. Y, ya ves….- Hizo un gesto.- Pero bueno, la situación ahora también tiene sus cosas buenas. No todas, pero, no nos podemos quejar.-
  • Pero a mí me gustaría vivir como lo hacíais vosotros. ¿Y a vosotros?, ¿os gustaría volver a vivir así?- Ángel se quedó pensando, sin esperar respuesta.- Si pudierais, ¿volveríais atrás? ¿Y qué cambiaríais? –

Alex y Ana se miraron, repasando mentalmente la respuesta que esperaba su hijo.

 

 

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