#relato Y no es cuento

 

 

El sábado pasado estuve en Villanueva de los Infantes, impartiendo una clase del taller de escritura que da la Orden Literaria Francisco de Quevedo.

Fue una gran experiencia, compartir técnicas y escritos con los asistentes. Sin embargo, hubo una parte que no puede completar. Por un problema médico, no podía leer ni escribir, por lo que no me fue posible realizar el relato que el resto de asistentes sí llevaron a cabo.

Casi una semana después, algo mejorada, hago mis deberes y os dejo el relato. La actividad consistía en cambiar el cuento de Caperucita Roja. Ahí tenéis mi aportación.

«Tienes miedo. Lo notas en la presión que te atenaza el estómago y en el sabor acre que te llena la boca. Desde que has dejado el autobús sientes sus pasos, un poco por detrás de los tuyos. Apenas recuerdas su cara, sentado dos filas más allá en el nocturno;  pero estás segura de que es él. Esa mirada fija, demasiado fija, que pudiste percibir incluso de espaldas, y un gesto agresivo, chulesco quizá, que le da un  aspecto animal. Un escalofrío recorre tu espalda y decides subirte la capucha de tu capa roja. Muy mona, la verdad, pero ¡cuánta razón tiene tu madre!, qué poco abriga.

“¿Por qué me habré metido por aquí?”, te dices. Es verdad que el camino es más corto, pero no hay nadie a esas horas, está mal iluminado y se te antoja peligroso. Cuando sales por Madrid siempre haces lo mismo: duermes en casa de tu abuela. Ella vive en un barrio céntrico y eso te permite apurar. Nada que ver con tener que volver a tu casa, a las Rozas, conduciendo (lo que te impide beber alcohol) o confiando en la conducción de otros. Mucho más cómodo. El nocturno te deja solo a tres calles de la de tu abuela. ¡Pero qué calles!

Siempre te ocurre lo mismo. Pasas un miedo terrible hasta que consigues llegar al portal de tu abuela. Pero no escarmientas. Sigues pasando por allí. Pero, ¿es que acaso es tu culpa? Algo se  rebela dentro de ti: “si fuera un chico ni siquiera pensaría en eso. Elegiría siempre el camino más corto. Bueno, a lo mejor no, también tendría miedo. Pero un miedo distinto, supongo. Miedo a que me roben la cartera o el móvil. Pero yo…” Tu miedo es otro. Y se concentra en la cara de hambre que viste a tu perseguidor en el autobús. En su cara y en la de otros, que piensan que por el hecho de estar allí, sola, a esas horas, eres presa fácil. “Eso es lo que no soporto. Que yo esté aquí no está mal. No es mi culpa. Lo que está mal es lo que ellos tienen en la cabeza. Lo que les lleva a seguirme para acorralarme en cualquier esquina”. Piensas en la que estás a punto de volver y notas cómo el corazón bombea y palpita en tus sienes.

Oyes sus pasos que se apresuran y sabes que él también sabe. Como tú conoce el barrio y es consciente de que su mejor oportunidad está a pocos pasos. Aceleras, casi empiezas a correr; pero los tacones y la falda estrecha no te ayudan. No, esa no es una alternativa. Él te alcanzará. A velocidad no puedes ganarle. Buscas en tu bolso el móvil. Llamar, llamar a alguien, a Ana, tu amiga, que aun no habrá llegado a su casa, ¿a la policía quizá?, ¿Y qué les dirás?, ¿que vas sola por una calle oscura, a las 5 de la mañana, que un hombre te sigue y tienes miedo? Casi puedes oír las risas de fondo al otro lado de la llamada que aun no has hecho. Tus dedos tropiezan con algo. Un objeto duro y corto. ¡El paraguas! Sí, es el paraguas plegable, automático, que se abre con una fuerza tremenda, que a veces no puedes controlar. Oyes sus pasos, más cerca, casi, casi a tu altura. ¿Qué puedes hacer? De pronto un sonido gutural inunda el silencio. Ha sido una frase. Una frase corta. Un “Ven aquí”, susurrado con agresividad; pero a ti te ha parecido un aullido. Sabes que solo tendrás una oportunidad.

Te das la vuelta rápidamente y, sacando el paraguas del bolso, aprietas al botón automático justo cuando él se abalanza sobre ti, intentando dirigirlo hacia su estómago.

Un golpe seco. Otro aullido. Y sales corriendo, sin volver la cabeza, jadeando, hasta llegar al portal. Abres la puerta sin poder, casi, respirar y la cierras detrás de ti. No oyes nada. El paraguas, aun abierto, sigue en tu mano derecha. Ya no tienes miedo. Te bajas la capucha roja y piensas que hoy, caperucita ha vencido al lobo, mientras das la vuelta a la llave en la cerradura. Pero, ¿cuándo podrá pasear tranquila por el bosque?»

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